Querido Diario:
Soy consciente que hace más de tres meses que no te escribo, pero es que me han pasado muchas cosas en este tiempo y no he podido hacerlo. La verdad es que no he tenido fuerzas psicológicas para escribirte. Y es que la cosa más importante que me ha pasado ha sido que ya no soy vigilante de salas del Museo. Así, como lo oyes... bueno, como lo lees. Soy delineante y me salió una oportunidad que no debía ni podía rechazar, a pesar de mi amor por el Museo. Y la acepté.
Y ante este contratiempo, ¿qué debía hacer... seguir escribiéndote como si no hubiese pasado nada, decir la verdad y continuar basándome en mis anotaciones, cortar por lo sano...?
Algunos de mis compañeros me animaban para que continuara escribiéndote, querido Diario, pero tengo que ser franco y he decidido, con todo el dolor de mi corazón, dejar de escribirte. Esta es la última página de este nuestro Diario.
Han sido ciento doce páginas, ciento doce historias, ciento doce cuadros explicados... espero que hayas disfrutado conmigo... bueno, tú y todos los cotillas que te leen a hurtadillas, al igual que yo he disfrutado escribiéndote.
Pero no por ello voy a dejar de comentarte un cuadro, aunque este no esté expuesto en el Museo. Primeramente he de decirte, querido Diario, que ahora estoy trabajando como delineante en el Ayuntamiento de mi ciudad, Alcalá de Henares... y este cuadro está aquí, en la Casa Consistorial de Alcalá. Por eso lo he elegido.
El cuadro se titula ¡A la guerra!, y lo pintó Alberto Pla Rubio en el año 1895. Poco te puedo decir sobre este cuadro, pues a día de hoy no he encontrado información sobre él. Decirte que es un cuadro grande, de 350 centímetros de ancho por 210 de alto... es decir, para que nos entendamos todos, tres metros y medio por dos metros. Y, la verdad, es un cuadro que impresiona.
Alberto Pla Rubio se dedicó a pintar temas de asunto social y participó en muchas exposiciones. Con este cuadro ganó la Primera medalla en la Exposición Nacional de 1895.
¿Que qué se ve? Pues a un grupo de soldados despidiéndose de sus familias para marcharse en tren hacia la guerra. Se puede apreciar el dramatismo de una mujer con un niño en brazos, que parece que la va a dar algo ante el consuelo de su familiar militar.
Pero lo que más me llama la atención son los dos militares de la izquierda. Por un lado, dentro del tren, hay un Teniente Coronel... Dos estrellas de ocho puntas es de Teniente Coronel, ¿verdad? Sí... a lo que iba... por un lado está el Teniente Coronel diciendo al "corneta" que toque para que ya se suban al tren, a la vez que el soldado parece que está diciendo...
-¿Ya?
Y, exacto, querido Diario... ya. Este el final de esta última página. Como los soldados dicen adiós a sus familiares, yo también lo tengo que hacer. No antes te quiero decir, a ti y a todos los cotillas que te leen a hurtadillas, que aunque es el fin de este diario, no será el fin de mis escritos. Me tendrán que aguantar más tiempo, pero en otro cuaderno, mejor dicho, en otro blog...
Hay que reconocer que el Museo engancha y yo no puedo dejar de pensar en él. Por eso he decidido cerrarte, lo siento, querido Diario, y abrir otro blog. Se titulará, más o menos, "La historia según El Prado", y versará sobre los cuadros de historia del Museo y su relación con los hechos reales. ¿Verdaderamente el hecho histórico fue tal como lo plasmaron los pintores? ¿Por qué decidieron pintar esas historias y no otras? ¿Estaba el propio Velázquez en la rendición de Breda, tal y como se pintó él?
Por tanto, dejadme rematar los últimos flecos y dentro de un par de días, para ser más exactos el 19 de febrero, si Dios quiere, nacerá ese nuevo blog.
En fin, querido Diario. Hasta aquí llega tu andadura... déjame que de las gracias al Museo por dejarme utilizar sus fotografías para ilustrarte.
También quiero dar las gracias a mis antiguos compañeros vigilantes de sala, por las vivencias que me contaron y que algunas he plasmando en este nuestro Diario. Y gracias por esas vivencias juntos. Han sido unos años maravillosos junto a ellos.
Como no, quiero dar las gracias a los visitantes que tantas anécdotas me han dado para luego poder contártelas. Sin ellos este Diario no habría sido igual.
Gracias a todos los cotillas que te leen a hurtadillas. Por ti y por ellos hago esto... me gusta compartir lo poco que sé.
Y gracias a mi familia por el tiempo que les robo para poder escribir. Ellos son los "sufridores silenciosos" de este Diario.
Hasta siempre... hasta el próximo blog.
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía del cuadro ¡A la guerra! - 1895 -, de Alberto Pla Rubio, que se puede contemplar en el Ayuntamiento de Alcalá de Henares. Fotografía sacada de la página web del Museo Nacional del Prado).
Otra manera de conocer el Museo del Prado desde dentro...
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domingo, 17 de febrero de 2019
martes, 13 de noviembre de 2018
Querido Diario, 13 de noviembre de 2018
Querido Diario:
Hay días que uno se siente el "tonto del pueblo", con perdón de la expresión, o te lo hacen sentir. O es que verdaderamente lo soy. Te cuento...
Lo cierto es que nuestro trabajo es simplemente custodiar las obras de arte del Museo pero muchos visitantes dan por hecho que todos los vigilantes de salas tenemos que ser doctores cum laude en arte.
Ayer, mientras vigilaba unas salas del siglo XIX, en la Pintura de Historia, este dato es importante, querido Diario, tres mujeres españolas, o por lo menos hablaban bien en español, se me acercaron y una de ellas me preguntó...
-¿Tiene pintura de Prerrafaelita?
Lo reconozco, llámame inculto, querido Diario, pero te he de decir que era la primera vez que oía esa palabra. No sabía si era un pintor en concreto o qué cosa. Y al ver mi cara de duda, la mujer mi repitió...
-Prerrafaelita, prerrafaelita.
Lo peor era la cara que ponía. Solo le faltó decir...
-¿Es que eres tonto o qué?
Yo, ante la duda, le dije, a la vez que cogía el walkie para llamar a Información...
-No lo conozco. No sé...
Y ella insistiendo, con cara de incredibilidad por mi ignorancia...
-Prerrafaelita... Pintura de Prerrafaelita.
Yo seguía dudando...
-¿Anterior a Rafael... Rafael Sanzio?
-Uhm... sí.
-La pintura de Rafael está en la sala 49 y los pintores anteriores a él están por esa zona del Museo.
Y se fueron las tres mujeres hablando entre ellas. Seguro que me estarían poniendo verde por no conocer la pintura de Prerrafaelita. Pero he de decir en mi defensa, querido Diario, que ella dudó cuando le pregunté si eran los anteriores a Rafael. Eso quiere decir que ella tampoco lo tenía muy claro.
Luego se lo conté a una compañera y me dijo que nunca había escuchado ese término.
Y ahí quedó la cosa.
Cuando llegué a casa se lo comenté a mi mujer y me dijo lo mismo...
-¿Quéééé? Nunca había escuchado esa palabra.
-Pues yo las he mandado a ver a Rafael Sanzio.
Y ahí quedó la cosa.
Por hoy, cuando he llegado a casa, lo primero que me ha dicho mi mujer es...
-Mira lo que he leído hoy...
Te tengo que decir, querido Diario, que el libro que está leyendo mi mujer es una novela que no tiene nada que ver con el arte. Se titula Todos los veranos del mundo, y es de Mónica Gutiérrez... no es publicidad, jejeje. Pues me enseñó la página 152 y dice...
"-Oye, Helena. -Silvia se pone seria, como si las musas de los prerrafaelitas no resultasen lo suficientemente trágicas".
Oñe, al final los prerrafaelitas son un movimiento artístico... ¿Habría acertado cuando las dije que eran los anteriores a Rafael Sanzio?
Y en ese momento mi hija, mientras leía en su móvil, dijo...
-La Hermandad Prerrafaelita... fue una asociación de pintores, poetas y críticos ingleses, fundada en 1848 en Londres por John Everett Millais, Dante Gabriel Rossetti y William Holman Hunt. Es lo que dice la Wikipedia.
-O sea, que no son los pintores anteriores a Rafael Sanzio.
-No. Son los anteriores a un tal Raphaelite Brotherhood... que no sé quién es ese señor.
Y lo primero que he hecho al encender el ordenador ha sido buscar a los prerrafaelitas y al tal señor Raphaelite Brotherhood.
Y veo que el tal Raphaelite Brotherhoodno nunca existió. El texto de Wikipedia pone...
"La Hermandad Prerrafaelita, (Pre-Raphaelite Brotherhood) fue una asociación de pintores, poetas y críticos ingleses...".
O sea, que "Pre-Raphaelite Brotherhood" significa "Fraternidad Pre-Rafaelita"... no es un señor.
Te hago un copia/pega de la Wikipedia sobre los prerrafaelitas...
"Los prerrafaelitas rechazaban el arte académico predominante en la Inglaterra del siglo XIX, centrando sus críticas en Sir Joshua Reynolds, fundador de la Royal Academy of Arts. Desde su punto de vista, la pintura académica imperante no hacía sino perpetuar el manierismo de la pintura italiana posterior a Rafael y Miguel Ángel, con composiciones elegantes pero vacuas y carentes de sinceridad. Por esa razón, ellos propugnaban el regreso al detallismo minucioso y al luminoso colorido de los primitivos italianos y flamencos, anteriores a Rafael —de ahí el nombre del grupo—, a los que consideraban más auténticos.
[...]
Los autores de esta corriente se inspiraron básicamente en el estilo artístico que se dio antes del maestro Rafael, de ahí el nombre que tomaron estos artistas. Es decir, su pintura se focaliza especialmente en evocar el estilo de los antiguos pintores del Renacimiento, especialmente basándose en los autores y temas propios del Quattrocento, el Trecento y asuntos aún más antiguos, medievales principalmente, leyendas arcaicas e incluso, como en el caso del pintor Lawrence Alma-Tadema, pasajes de la época clásica de Grecia y Roma".
Ya sé que la Wikipedia no es la mejor fuente de información, pero muchas veces ayuda, como es ahora el caso.
En fin, también he estado cotilleando cuadros de estos pintores y ahora comprendo por qué esas mujeres me hicieron la pregunta en la salas de Pintura de Historia. Está, por ejemplo, el cuadro La muerte del Rey Arturo, de James Archer, pintado en 1860; Ofelia, que es un personaje de Hamlet, y que pintó John Everett Millais en 1852; o Valentín rescatando a Silvia de Proteo, de otra obra de Shakespeare, Los dos caballeros de Verona, y que pintó William Holman Hunt en 1851... por ejemplo.
Bueno, en el Museo no tenemos cuadros de estos pintores. Es más, tenemos muy pocos cuadros de pintores ingleses. Y tiene su explicación...
Como el Museo Nacional del Prado nació de las obras que habían reunidos los reyes españoles a lo largo de la historia... y como históricamente hablando, los monarcas de España e Inglaterra nunca se ha llevado bien, los reyes españoles no tuvieron necesidad, ni ganas, de comprar cuadros de pintores británicos. Los pocos cuadros que tiene de esos pintores son adquisiciones en el siglo XX.
Y el único pintor del que tenemos cuadros que haya pertenecido, aunque sea en su juventud, a los prerrafaelitas es Lawrence Alma Tadema.
Y, como no, te voy a hablar, querido Diario, de un cuadro suyo que tenemos expuesto en el Museo... y que, recordando ahora, fue justamente delante de él donde me hicieron la pregunta.
Se titula La siesta o Escena pompeyana, y lo pintó Lawrence Alma Tadema en el año 1868.
Éste es uno de los cuadros más grandes de la producción de Lawrence Alma Tadema y es muy curioso por su formato, ya que mide 369 centímetros de largo x 130 de alto... casi tiene forma de una pantalla de cine, panorámica.
¿Sabes, querido Diario? Aunque se le considera uno de los pintores más prestigiosos de la Inglaterra victoriana, nuestro Lawrence nació y se formó en Holanda. Lo que pasó fue que en 1871 se casó con la artista Laura Epps y adquirió la nacionalidad británica.
En sus primeras obras se dedicó a pintar escenas medievales y se acercó al Prerrafaelismo, como ya te he dicho antes. Pero luego se dedicó a pintar sobre el Antiguo Egipto. Y tras un viaje a Italia, cambió de temática, llegando a obsesionarse con la cultura griega y romana.
Como buen Prerrafaelita, su técnica es clasicista, mostrando un verismo en la construcción de los objetos que forman el bodegón del primer plano. Fíjate, querido Diario, con qué detalle pintó los dos ritones de oro...
¿Que qué son los ritones? Pues son vasos con forma de cuerno o de cabeza de animal, y que en la antigüedad los usaban para beber.
También pintó con mucho detalle la escultura de Venus hecha en plata, la vasija de barro negro con figuras rojas, las flores y las frutas. Y no se por qué, pero me encanta el cojín donde está apoyado con su brazo izquierdo el señor mayor, el de pelo blanco. ¡¡¡Impresionante!!!
Para pintar a la flautista, nuestro Lawrence Alma Tadema se inspiró en las figuras de los frisos de Fidias, sobre todo por su perfil, por su tocado y por su indumentaria.
Ya termino... lo que más me gusta de este pintor es la definición tan precisa de su pincelada. Es para quitarse el sombrero.
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía del cuadro La siesta o Escena pompeyana - 1868 -, de Lawrence Alma Tadema, que se puede contemplar en la sala 62. Fotografía sacada de la página web del Museo Nacional del Prado).
Hay días que uno se siente el "tonto del pueblo", con perdón de la expresión, o te lo hacen sentir. O es que verdaderamente lo soy. Te cuento...
Lo cierto es que nuestro trabajo es simplemente custodiar las obras de arte del Museo pero muchos visitantes dan por hecho que todos los vigilantes de salas tenemos que ser doctores cum laude en arte.
Ayer, mientras vigilaba unas salas del siglo XIX, en la Pintura de Historia, este dato es importante, querido Diario, tres mujeres españolas, o por lo menos hablaban bien en español, se me acercaron y una de ellas me preguntó...
-¿Tiene pintura de Prerrafaelita?
Lo reconozco, llámame inculto, querido Diario, pero te he de decir que era la primera vez que oía esa palabra. No sabía si era un pintor en concreto o qué cosa. Y al ver mi cara de duda, la mujer mi repitió...
-Prerrafaelita, prerrafaelita.
Lo peor era la cara que ponía. Solo le faltó decir...
-¿Es que eres tonto o qué?
Yo, ante la duda, le dije, a la vez que cogía el walkie para llamar a Información...
-No lo conozco. No sé...
Y ella insistiendo, con cara de incredibilidad por mi ignorancia...
-Prerrafaelita... Pintura de Prerrafaelita.
Yo seguía dudando...
-¿Anterior a Rafael... Rafael Sanzio?
-Uhm... sí.
-La pintura de Rafael está en la sala 49 y los pintores anteriores a él están por esa zona del Museo.
Y se fueron las tres mujeres hablando entre ellas. Seguro que me estarían poniendo verde por no conocer la pintura de Prerrafaelita. Pero he de decir en mi defensa, querido Diario, que ella dudó cuando le pregunté si eran los anteriores a Rafael. Eso quiere decir que ella tampoco lo tenía muy claro.
Luego se lo conté a una compañera y me dijo que nunca había escuchado ese término.
Y ahí quedó la cosa.
Cuando llegué a casa se lo comenté a mi mujer y me dijo lo mismo...
-¿Quéééé? Nunca había escuchado esa palabra.
-Pues yo las he mandado a ver a Rafael Sanzio.
Y ahí quedó la cosa.
Por hoy, cuando he llegado a casa, lo primero que me ha dicho mi mujer es...
-Mira lo que he leído hoy...
Te tengo que decir, querido Diario, que el libro que está leyendo mi mujer es una novela que no tiene nada que ver con el arte. Se titula Todos los veranos del mundo, y es de Mónica Gutiérrez... no es publicidad, jejeje. Pues me enseñó la página 152 y dice...
"-Oye, Helena. -Silvia se pone seria, como si las musas de los prerrafaelitas no resultasen lo suficientemente trágicas".
Oñe, al final los prerrafaelitas son un movimiento artístico... ¿Habría acertado cuando las dije que eran los anteriores a Rafael Sanzio?
Y en ese momento mi hija, mientras leía en su móvil, dijo...
-La Hermandad Prerrafaelita... fue una asociación de pintores, poetas y críticos ingleses, fundada en 1848 en Londres por John Everett Millais, Dante Gabriel Rossetti y William Holman Hunt. Es lo que dice la Wikipedia.
-O sea, que no son los pintores anteriores a Rafael Sanzio.
-No. Son los anteriores a un tal Raphaelite Brotherhood... que no sé quién es ese señor.
Y lo primero que he hecho al encender el ordenador ha sido buscar a los prerrafaelitas y al tal señor Raphaelite Brotherhood.
Y veo que el tal Raphaelite Brotherhoodno nunca existió. El texto de Wikipedia pone...
"La Hermandad Prerrafaelita, (Pre-Raphaelite Brotherhood) fue una asociación de pintores, poetas y críticos ingleses...".
O sea, que "Pre-Raphaelite Brotherhood" significa "Fraternidad Pre-Rafaelita"... no es un señor.
Te hago un copia/pega de la Wikipedia sobre los prerrafaelitas...
"Los prerrafaelitas rechazaban el arte académico predominante en la Inglaterra del siglo XIX, centrando sus críticas en Sir Joshua Reynolds, fundador de la Royal Academy of Arts. Desde su punto de vista, la pintura académica imperante no hacía sino perpetuar el manierismo de la pintura italiana posterior a Rafael y Miguel Ángel, con composiciones elegantes pero vacuas y carentes de sinceridad. Por esa razón, ellos propugnaban el regreso al detallismo minucioso y al luminoso colorido de los primitivos italianos y flamencos, anteriores a Rafael —de ahí el nombre del grupo—, a los que consideraban más auténticos.
[...]
Los autores de esta corriente se inspiraron básicamente en el estilo artístico que se dio antes del maestro Rafael, de ahí el nombre que tomaron estos artistas. Es decir, su pintura se focaliza especialmente en evocar el estilo de los antiguos pintores del Renacimiento, especialmente basándose en los autores y temas propios del Quattrocento, el Trecento y asuntos aún más antiguos, medievales principalmente, leyendas arcaicas e incluso, como en el caso del pintor Lawrence Alma-Tadema, pasajes de la época clásica de Grecia y Roma".
Ya sé que la Wikipedia no es la mejor fuente de información, pero muchas veces ayuda, como es ahora el caso.
En fin, también he estado cotilleando cuadros de estos pintores y ahora comprendo por qué esas mujeres me hicieron la pregunta en la salas de Pintura de Historia. Está, por ejemplo, el cuadro La muerte del Rey Arturo, de James Archer, pintado en 1860; Ofelia, que es un personaje de Hamlet, y que pintó John Everett Millais en 1852; o Valentín rescatando a Silvia de Proteo, de otra obra de Shakespeare, Los dos caballeros de Verona, y que pintó William Holman Hunt en 1851... por ejemplo.
Bueno, en el Museo no tenemos cuadros de estos pintores. Es más, tenemos muy pocos cuadros de pintores ingleses. Y tiene su explicación...
Como el Museo Nacional del Prado nació de las obras que habían reunidos los reyes españoles a lo largo de la historia... y como históricamente hablando, los monarcas de España e Inglaterra nunca se ha llevado bien, los reyes españoles no tuvieron necesidad, ni ganas, de comprar cuadros de pintores británicos. Los pocos cuadros que tiene de esos pintores son adquisiciones en el siglo XX.
Y el único pintor del que tenemos cuadros que haya pertenecido, aunque sea en su juventud, a los prerrafaelitas es Lawrence Alma Tadema.
Y, como no, te voy a hablar, querido Diario, de un cuadro suyo que tenemos expuesto en el Museo... y que, recordando ahora, fue justamente delante de él donde me hicieron la pregunta.
Se titula La siesta o Escena pompeyana, y lo pintó Lawrence Alma Tadema en el año 1868.
Éste es uno de los cuadros más grandes de la producción de Lawrence Alma Tadema y es muy curioso por su formato, ya que mide 369 centímetros de largo x 130 de alto... casi tiene forma de una pantalla de cine, panorámica.
¿Sabes, querido Diario? Aunque se le considera uno de los pintores más prestigiosos de la Inglaterra victoriana, nuestro Lawrence nació y se formó en Holanda. Lo que pasó fue que en 1871 se casó con la artista Laura Epps y adquirió la nacionalidad británica.
En sus primeras obras se dedicó a pintar escenas medievales y se acercó al Prerrafaelismo, como ya te he dicho antes. Pero luego se dedicó a pintar sobre el Antiguo Egipto. Y tras un viaje a Italia, cambió de temática, llegando a obsesionarse con la cultura griega y romana.
Como buen Prerrafaelita, su técnica es clasicista, mostrando un verismo en la construcción de los objetos que forman el bodegón del primer plano. Fíjate, querido Diario, con qué detalle pintó los dos ritones de oro...
¿Que qué son los ritones? Pues son vasos con forma de cuerno o de cabeza de animal, y que en la antigüedad los usaban para beber.
También pintó con mucho detalle la escultura de Venus hecha en plata, la vasija de barro negro con figuras rojas, las flores y las frutas. Y no se por qué, pero me encanta el cojín donde está apoyado con su brazo izquierdo el señor mayor, el de pelo blanco. ¡¡¡Impresionante!!!
Para pintar a la flautista, nuestro Lawrence Alma Tadema se inspiró en las figuras de los frisos de Fidias, sobre todo por su perfil, por su tocado y por su indumentaria.
Ya termino... lo que más me gusta de este pintor es la definición tan precisa de su pincelada. Es para quitarse el sombrero.
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía del cuadro La siesta o Escena pompeyana - 1868 -, de Lawrence Alma Tadema, que se puede contemplar en la sala 62. Fotografía sacada de la página web del Museo Nacional del Prado).
miércoles, 17 de octubre de 2018
Querido Diario, 17 de octubre de 2018
Querido Diario:
¿Sabes? La función primordial de los vigilantes de salas es la de velar por la seguridad de las obras de arte expuestas en la sala o salas a nuestro cargo, así como de los visitantes del Museo, garantizando el correcto desarrollo de la visita. ¿Que cómo lo hacemos, si nos tocan vigilar varias salas? Pues con paciencia... y andando. Para arriba, para abajo, para arriba, para abajo,... así todo el tiempo.
Tenemos unas sillas en las que nos podemos sentar si estamos cansados, pero yo soy masoquista y casi nunca me siento. Es más, el Decálogo de buenas prácticas en la atención y trato con el público, en su punto 8, dice...
"Permanecer en actitud dinámica, en la sala o salas asignadas, y en el caso de que un visitante se dirija a nosotros cuando excepcionalmente estemos sentados, levantarse".
Es decir, que me da la impresión que con eso de "excepcionalmente" nos están queriendo decir que nos podemos sentar, cómo no, pero que sea poco tiempo. En el fondo tienen razón, pues nosotros somos parte de la imagen del Museo, y si nos ven sentados, puede que la imagen que demos no sea la más apropiada.
Lo que sí es cierto es que si nos vieran desde arriba, desde el cielo, verían a un grupo de vigilantes uniformados salas para arriba y para abajo. Eso sí, cada uno a su ritmo. A mí me gusta ponerme con las manos a la espalda e ir andando despacio. Como decía el mago argentino René Lavand en su juego de magia con cartas...
-No se puede hacer más lento.
Exacto, yo no puedo ir más lento... excepto cuando veo un plano en la mano de un visitante con ganas de querer tocar un cuadro, que... yo no puedo ir más rápido.
¿Y por qué te cuento todo esto, querido Diario? Pues porque hoy, estando vigilando mis salas, cuando había muy poca gente en ellas, caso raro, he oído una voz de mujer a mis espaldas que decía...
-Atención, posible radar móvil. Límite de velocidad, 50.
Así, de repente, me he quedado parado, helado, pensando...
-Seguro que no me multan. Voy algo más despacio.
Jejeje, era el Gps del móvil de un señor de unos sesenta años, que no sé por qué motivo le ha saltado el aviso en ese momento, en medio de la sala 75. Seguro que esto quiere decir, y no es un chivatazo a los conductores de Madrid, que han debido poner un radar móvil en el Paseo del Prado y lo ha detectado. Digo yo, porque si no, no tiene explicación.
Eso sí, la cara de cachondeo que se le ha puesto a su hija no tenía precio. Entre risas le ha quitado el móvil a su padre, que el pobre hombre no atinaba a apagarlo, y lo ha puesto en silencio.
Nos hemos mirado la hija y yo... y me ha contagiado la risa. Cosas del directo, jejeje.
Cambiando de tema, y a la vez queriendo hilarlo con el tema de andar sin parar, ¿a que no sabes, querido Diario, quiénes no se paraban nunca, aunque se encontraran con una puerta? Bien, has acertado... los reyes.
Los monarcas tenían, porque no sé si actualmente lo tienen, una persona que tenía como título el "aposentador". Este personaje tenía a su cargo la separación de los cuartos de las personas reales y también tenía que decidir la vivienda que se destinaba a los miembros del séquito real en sus viajes. Y a este cargo de aposentador se le solía unir el de "conseje" que, entre otras cosas, tenía las todas las llaves de las habitaciones donde vivían los reyes y era el encargado de abrir las puertas para que ellos no tuvieran que esperar... que no tuvieran que pararse... como los vigilantes de salas, jejeje.
Y, cómo no, te voy a hablar de un cuadro de un aposentador. Se titula Luis Veldrof, aposentador mayor y conserje del Real Palacio, y lo pintó Vicente López Portaña hacia el año 1823.
Luis Veldrof nació en 1758, por lo tanto, cuando Vicente López pintó su retrato, tendría unos sesenta y cinco años, más o menos.
Desde muy joven entró al servicio de la Casa Real. Fue Ayuda del Portamuebles de la Real Guardarropía de los Infantes, luego Mozo de oficio de la Guardarropía del Príncipe de Asturias, Conserje del Real Palacio, Aposentador del Real Palacio y Jefe de Tapicería, Guardamuebles y Alumbrado. Se le concedió los honores de Intendente del Ejército, y, ¿sabes, querido Diario? Se jubiló en 1840, con ochenta y dos años. Eso es amor al trabajo y lo demás es cuento.
En fin, ¿qué apreciamos en el cuadro? Pues vemos a nuestro Luis Veldrof retratado de más de medio cuerpo, con el uniforme de gala de Aposentador. El traje está compuesto por una casaca azul marino con bocamangas rojas, igual que el chaleco. Me encanta cómo Vicente López pintó el bordado de oro, la corbata de chorreras, el sable... y el bicornio que lo sujeta pillado entre el brazo brazo izquierdo y su cuerpo. ¡Ah! También le pintó la Cruz de la Junta Provincial de la Guerra de la Independencia, en el ojal de la casaca.
Pero lo que me tiene enamorado, con permiso de mi mujer, claro, es la mano derecha del Aposentador que está sujetando la llave de una puerta... y de la propia llave. ¡¡¡Qué virtuosismo de escorzo!!! Según dicen los entendidos en pintura, lo más difícil de dibujar son las manos. Y hay que decir que nuestro Vicente López es un maestro en ese arte de las "manualidades".
Y fíjate, querido Diario, en la cara de Luis Veldrof... qué expresión más realista. Si hasta se ven las arrugas de la frente y las ojeras. ¡¡¡Impresionante este Vicente López!!!
¡Ah! La figura del aposentador Luis Veldrof tenía, y tiene, un significado muy especial para el Museo del Prado, ya que era el funcionario que firmaba las órdenes de salida de los cuadros elegidos por el propio Vicente López de entre las Colecciones Reales para pasar a formar parte de los fondos del entonces Real Museo de Pinturas, que años más tarde, en 1920, cambió a denominarse Museo del Prado.
¿Que por qué el que elegía los cuadros era Vicente López? Pues porque era el responsable de la parte artística del Real Museo, a las órdenes de los sucesivos directores del museo, José Idiáquez Carvajal, que era el Marqués consorte de Ariza, y Agustín Pedro de Silva y Palafox, el X Duque de Híjar. Y como responsable de la dirección artística, era el encargado de esa elección de obras de arte para el Real Museo.
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía del cuadro Luis Veldrof, aposentador mayor y conserje del Real Palacio - h1823 -, de Vicente López Portaña, que se puede contemplar en la sala 75. Fotografía sacada de la página web del Museo Nacional del Prado).
¿Sabes? La función primordial de los vigilantes de salas es la de velar por la seguridad de las obras de arte expuestas en la sala o salas a nuestro cargo, así como de los visitantes del Museo, garantizando el correcto desarrollo de la visita. ¿Que cómo lo hacemos, si nos tocan vigilar varias salas? Pues con paciencia... y andando. Para arriba, para abajo, para arriba, para abajo,... así todo el tiempo.
Tenemos unas sillas en las que nos podemos sentar si estamos cansados, pero yo soy masoquista y casi nunca me siento. Es más, el Decálogo de buenas prácticas en la atención y trato con el público, en su punto 8, dice...
"Permanecer en actitud dinámica, en la sala o salas asignadas, y en el caso de que un visitante se dirija a nosotros cuando excepcionalmente estemos sentados, levantarse".
Es decir, que me da la impresión que con eso de "excepcionalmente" nos están queriendo decir que nos podemos sentar, cómo no, pero que sea poco tiempo. En el fondo tienen razón, pues nosotros somos parte de la imagen del Museo, y si nos ven sentados, puede que la imagen que demos no sea la más apropiada.
Lo que sí es cierto es que si nos vieran desde arriba, desde el cielo, verían a un grupo de vigilantes uniformados salas para arriba y para abajo. Eso sí, cada uno a su ritmo. A mí me gusta ponerme con las manos a la espalda e ir andando despacio. Como decía el mago argentino René Lavand en su juego de magia con cartas...
-No se puede hacer más lento.
Exacto, yo no puedo ir más lento... excepto cuando veo un plano en la mano de un visitante con ganas de querer tocar un cuadro, que... yo no puedo ir más rápido.
¿Y por qué te cuento todo esto, querido Diario? Pues porque hoy, estando vigilando mis salas, cuando había muy poca gente en ellas, caso raro, he oído una voz de mujer a mis espaldas que decía...
-Atención, posible radar móvil. Límite de velocidad, 50.
Así, de repente, me he quedado parado, helado, pensando...
-Seguro que no me multan. Voy algo más despacio.
Jejeje, era el Gps del móvil de un señor de unos sesenta años, que no sé por qué motivo le ha saltado el aviso en ese momento, en medio de la sala 75. Seguro que esto quiere decir, y no es un chivatazo a los conductores de Madrid, que han debido poner un radar móvil en el Paseo del Prado y lo ha detectado. Digo yo, porque si no, no tiene explicación.
Eso sí, la cara de cachondeo que se le ha puesto a su hija no tenía precio. Entre risas le ha quitado el móvil a su padre, que el pobre hombre no atinaba a apagarlo, y lo ha puesto en silencio.
Nos hemos mirado la hija y yo... y me ha contagiado la risa. Cosas del directo, jejeje.
Cambiando de tema, y a la vez queriendo hilarlo con el tema de andar sin parar, ¿a que no sabes, querido Diario, quiénes no se paraban nunca, aunque se encontraran con una puerta? Bien, has acertado... los reyes.
Los monarcas tenían, porque no sé si actualmente lo tienen, una persona que tenía como título el "aposentador". Este personaje tenía a su cargo la separación de los cuartos de las personas reales y también tenía que decidir la vivienda que se destinaba a los miembros del séquito real en sus viajes. Y a este cargo de aposentador se le solía unir el de "conseje" que, entre otras cosas, tenía las todas las llaves de las habitaciones donde vivían los reyes y era el encargado de abrir las puertas para que ellos no tuvieran que esperar... que no tuvieran que pararse... como los vigilantes de salas, jejeje.
Y, cómo no, te voy a hablar de un cuadro de un aposentador. Se titula Luis Veldrof, aposentador mayor y conserje del Real Palacio, y lo pintó Vicente López Portaña hacia el año 1823.
Luis Veldrof nació en 1758, por lo tanto, cuando Vicente López pintó su retrato, tendría unos sesenta y cinco años, más o menos.
Desde muy joven entró al servicio de la Casa Real. Fue Ayuda del Portamuebles de la Real Guardarropía de los Infantes, luego Mozo de oficio de la Guardarropía del Príncipe de Asturias, Conserje del Real Palacio, Aposentador del Real Palacio y Jefe de Tapicería, Guardamuebles y Alumbrado. Se le concedió los honores de Intendente del Ejército, y, ¿sabes, querido Diario? Se jubiló en 1840, con ochenta y dos años. Eso es amor al trabajo y lo demás es cuento.
En fin, ¿qué apreciamos en el cuadro? Pues vemos a nuestro Luis Veldrof retratado de más de medio cuerpo, con el uniforme de gala de Aposentador. El traje está compuesto por una casaca azul marino con bocamangas rojas, igual que el chaleco. Me encanta cómo Vicente López pintó el bordado de oro, la corbata de chorreras, el sable... y el bicornio que lo sujeta pillado entre el brazo brazo izquierdo y su cuerpo. ¡Ah! También le pintó la Cruz de la Junta Provincial de la Guerra de la Independencia, en el ojal de la casaca.
Pero lo que me tiene enamorado, con permiso de mi mujer, claro, es la mano derecha del Aposentador que está sujetando la llave de una puerta... y de la propia llave. ¡¡¡Qué virtuosismo de escorzo!!! Según dicen los entendidos en pintura, lo más difícil de dibujar son las manos. Y hay que decir que nuestro Vicente López es un maestro en ese arte de las "manualidades".
Y fíjate, querido Diario, en la cara de Luis Veldrof... qué expresión más realista. Si hasta se ven las arrugas de la frente y las ojeras. ¡¡¡Impresionante este Vicente López!!!
¡Ah! La figura del aposentador Luis Veldrof tenía, y tiene, un significado muy especial para el Museo del Prado, ya que era el funcionario que firmaba las órdenes de salida de los cuadros elegidos por el propio Vicente López de entre las Colecciones Reales para pasar a formar parte de los fondos del entonces Real Museo de Pinturas, que años más tarde, en 1920, cambió a denominarse Museo del Prado.
¿Que por qué el que elegía los cuadros era Vicente López? Pues porque era el responsable de la parte artística del Real Museo, a las órdenes de los sucesivos directores del museo, José Idiáquez Carvajal, que era el Marqués consorte de Ariza, y Agustín Pedro de Silva y Palafox, el X Duque de Híjar. Y como responsable de la dirección artística, era el encargado de esa elección de obras de arte para el Real Museo.
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía del cuadro Luis Veldrof, aposentador mayor y conserje del Real Palacio - h1823 -, de Vicente López Portaña, que se puede contemplar en la sala 75. Fotografía sacada de la página web del Museo Nacional del Prado).
sábado, 13 de octubre de 2018
Querido Diario, 13 de octubre de 2018
Querido Diario:
Hoy me han pasado tres cosas que no sé como calificarlas. Te cuento y opina tú...
La primera fue casi nada más empezar la jornada. Se me acercó una mujer alemana, de unos treinta y cinco años, y en español "chapurreado" me preguntó...
-Hola, ¿cómo estás? Quiero ver... el lavatorio... de mujeres. Y después quiero ver... Rembrandt.
La verdad, me pilló despistado y en una décima de segundo pensé...
-Yo solo conozco El Lavatorio de Tintoretto, pero es de Jesús con los apóstoles.
Es más, se me vino a la cabeza un "lavatorio de mujeres" que se titula El baño turco, de Jean-Auguste-Dominique Ingres, pero, claro, está en el Museo del Louvre. Hasta que me dí cuenta...
-Claro, lavatorio, baño turco... me está preguntando por el aseo.
Y sin más le expliqué cómo llegar al aseo más cercano y cómo ir luego a ver el cuadro de Rembrandt. Espero haber acertado.
El segundo hecho ha sido poco tiempo después. Estaba una chica de unos veinte años haciendo fotografías. Me acerco a ella y digo...
-No foto, por favor.
Ella me miró con cara de pocos amigos...
-In English? (¿En inglés?)
Y sin pensármelo le digo...
-No foto... please.
Y sé que me entendió perfectamente.
Pero algo parecido me pasó ayer. En ese caso había un grupo de cuatro jóvenes de unos veinticinco años, dos de ellos haciendo fotografías. Me acerqué a uno de ellos y le dije...
-No foto, por favor.
Y él, ni corto ni perezoso, me dijo en perfecto castellano...
-No hablo español.
Y le dije, igual que hoy...
-No foto, please.
Sé que me entendieron todos a la primera. Estoy seguro.
Y la tercera historia ha sido la más rocambolesca de todas. Te tengo que decir, querido Diario, que sucedió unos cinco minutos después de volver del descanso. Estaba vigilando en la sala cuando un señor hispanoamericano, de unos cuarenta años se me ha acercado y me ha dicho...
-¿Es de usted el aroma que me llega?
-Ehm... no sé.
-¿Qué aroma lleva?
-Ehm... es una colonia de marca blanca... del Ahorramás... de bebé.
-Sí, de bebé. Es peculiar. Me gusta. Gracias y perdone.
Sin comentario... pero, verdaderamente, ¿le habrá gustado el olor de mi colonia o quería ligar conmigo? He alucinado.
¡Ah! Como te he dicho antes, querido Diario, sucedió unos cinco minutos después de volver del descanso. Y es que, lo reconozco, cada vez que voy al vestuario me "ducho" en colonia. Manías de uno. Por eso uso colonia de bebé barata... porque un litro me dura solo un mes. Si no, me arruinaría con mi "aroma" tan embaucador, jejeje.
Y hablando de olores, pensando sobre qué obra de arte hablarte hoy, me he recorrido todas las esculturas de mis salas buscando la que tuviera la nariz más grande. Y la escultura ganadora es... el busto de El rey Carlos IV, esculpido por Ramón Barba en el año 1815.
Si bien recuerdo, su padre el rey Carlos III tenía unas narices más grandes, pero al no tener ningún cuadro ni ninguna escultura de él en mis salas, nos conformaremos con las de Carlos IV, que también son hermosotas. ¿No te parece, querido Diario?
Mirando la escultura, sin fijarnos en la nariz, aunque nos cueste, vemos que el rey aparece como si fuese un emperador romano, con la corona de laurel y un manto clásico.
No puedo decirte nada más sobre el busto, querido Diario, pero sí de su autor...
Ramón Barba estudió en la Academia de San Fernando, al mismo tiempo que trabajaba como tallista para la Casa de Osuna. Cuando terminó los estudios, allá por el año 1797, viajó a Roma. Durante esta etapa romana, se convirtió en uno de los escultores más influyentes de la primera generación de artistas españoles en Roma.
Desde 1801 hasta 1808 fue pensionado por el rey Carlos IV y, cuando éste se instaló en Roma en 1812, después de su exilio francés, Barba se convirtió en su Escultor de Cámara.
Más tarde, en 1822 regresó a España, más preciso, a Madrid, y un año después fue elegido Académico de San Fernando. Y algo más tarde, en el año 1830, fue nombrado Escultor de Cámara del rey Fernando VII.
¡Ah! Ramón Barba fue, además, el autor de los dieciséis medallones que hay en la fachada oeste del Museo, es decir, en la fachada donde está la estatua de Velázquez sedente. En estos medallones están representadas las caras de los grandes artistas españoles de todos los tiempos. En la selección entraron cinco arquitectos, cinco escultores y seis pintores...
Los arquitectos son Pedro Pérez, toledano del siglo XIII, más conocido como Petrus Petri, Ventura Rodríguez, Juan de Herrera, Juan de Toledo y Pedro Machuca.
Los pintores, Juan de Juanes, Claudio Coello, Bartolomé Esteban Murillo, Diego Velázquez, Francisco Zurbarán y José de Ribera.
Y los escultores son Alonso Cano, Alonso Berruguete, Gaspar Becerra, Gregorio Fernández y José Álvarez Cubero.
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía de la escultura El rey Carlos IV - 1815 -, de Ramón Barba, que se puede contemplar en la sala 75).
Hoy me han pasado tres cosas que no sé como calificarlas. Te cuento y opina tú...
La primera fue casi nada más empezar la jornada. Se me acercó una mujer alemana, de unos treinta y cinco años, y en español "chapurreado" me preguntó...
-Hola, ¿cómo estás? Quiero ver... el lavatorio... de mujeres. Y después quiero ver... Rembrandt.
La verdad, me pilló despistado y en una décima de segundo pensé...
-Yo solo conozco El Lavatorio de Tintoretto, pero es de Jesús con los apóstoles.
Es más, se me vino a la cabeza un "lavatorio de mujeres" que se titula El baño turco, de Jean-Auguste-Dominique Ingres, pero, claro, está en el Museo del Louvre. Hasta que me dí cuenta...
-Claro, lavatorio, baño turco... me está preguntando por el aseo.
Y sin más le expliqué cómo llegar al aseo más cercano y cómo ir luego a ver el cuadro de Rembrandt. Espero haber acertado.
El segundo hecho ha sido poco tiempo después. Estaba una chica de unos veinte años haciendo fotografías. Me acerco a ella y digo...
-No foto, por favor.
Ella me miró con cara de pocos amigos...
-In English? (¿En inglés?)
Y sin pensármelo le digo...
-No foto... please.
Y sé que me entendió perfectamente.
Pero algo parecido me pasó ayer. En ese caso había un grupo de cuatro jóvenes de unos veinticinco años, dos de ellos haciendo fotografías. Me acerqué a uno de ellos y le dije...
-No foto, por favor.
Y él, ni corto ni perezoso, me dijo en perfecto castellano...
-No hablo español.
Y le dije, igual que hoy...
-No foto, please.
Sé que me entendieron todos a la primera. Estoy seguro.
Y la tercera historia ha sido la más rocambolesca de todas. Te tengo que decir, querido Diario, que sucedió unos cinco minutos después de volver del descanso. Estaba vigilando en la sala cuando un señor hispanoamericano, de unos cuarenta años se me ha acercado y me ha dicho...
-¿Es de usted el aroma que me llega?
-Ehm... no sé.
-¿Qué aroma lleva?
-Ehm... es una colonia de marca blanca... del Ahorramás... de bebé.
-Sí, de bebé. Es peculiar. Me gusta. Gracias y perdone.
Sin comentario... pero, verdaderamente, ¿le habrá gustado el olor de mi colonia o quería ligar conmigo? He alucinado.
¡Ah! Como te he dicho antes, querido Diario, sucedió unos cinco minutos después de volver del descanso. Y es que, lo reconozco, cada vez que voy al vestuario me "ducho" en colonia. Manías de uno. Por eso uso colonia de bebé barata... porque un litro me dura solo un mes. Si no, me arruinaría con mi "aroma" tan embaucador, jejeje.
Y hablando de olores, pensando sobre qué obra de arte hablarte hoy, me he recorrido todas las esculturas de mis salas buscando la que tuviera la nariz más grande. Y la escultura ganadora es... el busto de El rey Carlos IV, esculpido por Ramón Barba en el año 1815.
Si bien recuerdo, su padre el rey Carlos III tenía unas narices más grandes, pero al no tener ningún cuadro ni ninguna escultura de él en mis salas, nos conformaremos con las de Carlos IV, que también son hermosotas. ¿No te parece, querido Diario?
Mirando la escultura, sin fijarnos en la nariz, aunque nos cueste, vemos que el rey aparece como si fuese un emperador romano, con la corona de laurel y un manto clásico.
No puedo decirte nada más sobre el busto, querido Diario, pero sí de su autor...
Ramón Barba estudió en la Academia de San Fernando, al mismo tiempo que trabajaba como tallista para la Casa de Osuna. Cuando terminó los estudios, allá por el año 1797, viajó a Roma. Durante esta etapa romana, se convirtió en uno de los escultores más influyentes de la primera generación de artistas españoles en Roma.
Desde 1801 hasta 1808 fue pensionado por el rey Carlos IV y, cuando éste se instaló en Roma en 1812, después de su exilio francés, Barba se convirtió en su Escultor de Cámara.
Más tarde, en 1822 regresó a España, más preciso, a Madrid, y un año después fue elegido Académico de San Fernando. Y algo más tarde, en el año 1830, fue nombrado Escultor de Cámara del rey Fernando VII.
¡Ah! Ramón Barba fue, además, el autor de los dieciséis medallones que hay en la fachada oeste del Museo, es decir, en la fachada donde está la estatua de Velázquez sedente. En estos medallones están representadas las caras de los grandes artistas españoles de todos los tiempos. En la selección entraron cinco arquitectos, cinco escultores y seis pintores...
Los arquitectos son Pedro Pérez, toledano del siglo XIII, más conocido como Petrus Petri, Ventura Rodríguez, Juan de Herrera, Juan de Toledo y Pedro Machuca.
Los pintores, Juan de Juanes, Claudio Coello, Bartolomé Esteban Murillo, Diego Velázquez, Francisco Zurbarán y José de Ribera.
Y los escultores son Alonso Cano, Alonso Berruguete, Gaspar Becerra, Gregorio Fernández y José Álvarez Cubero.
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía de la escultura El rey Carlos IV - 1815 -, de Ramón Barba, que se puede contemplar en la sala 75).
jueves, 19 de julio de 2018
Querido Diario, 19 de julio de 2018
Querido Diario:
Como estoy de vacaciones en casa, ahora estoy aprovechando para estudiar de forma más intensiva la oposición... que tengo que aprobar, sí o sí. Ya es cabezonería propia.
Y como una parte del temario es "Cultura general" me he acordado de un suceso que me pasó en el Museo hace unos meses, que me confirma que tengo que tener más "cultura general", sobre todo en geografía.
Y es que estaba vigilando las salas 74 y 75, que son de Pintura española del siglo XIX y escultura "moderna", cuando se me acercó un señor y me dijo...
-Perdone, ¿le puedo hacer una pregunta?
-Sí, claro.
-¿Me puede decir dónde está Etruria?
-¿Ehhhh?
-Es que en este cuadro hablan de los reyes de Etruria.
-Pues me tiene que perdonar, pero no sé dónde está ese país.
-Gracias. No se preocupe.
Y se marchó. Yo, rápidamente, apunté el título del cuadro y el nombre del país en cuestión y cuando llegué a casa me puse a investigar... y ahora voy a intentar hacerte un resumen, querido Diario, a mi manera, claro.
Empiezo...
Etruria fue una antigua región histórica que estaba situada en el centro de Italia. Hoy comprendería parte de las regiones italianas de Toscana, Lacio y Umbría. Esta región fue dominante en la península itálica desde el año 650 antes de Cristo hasta su caída en el 509 a. C.
Los reyes etruscos conquistaron y dominaron Roma por un siglo, hasta que el último rey de Etruria, Tarquinio el Soberbio, fue expulsado y fue establecida la República Romana.
Se sabe que los etruscos fueron muy influyente en la difusión de la cultura griega en Roma, en los dioses del Olimpo y en el alfabeto latino, que fue tomado del alfabeto griego.
Pero en nuestro caso estamos hablando de un cuadro que habla de unos reyes de Etruria en el siglo XIX. ¿No te parece raro, querido Diario?
Pues sí, ya sé que es raro. Pero todo tiene una explicación...
El Reino de Etruria fue un Estado satélite que existió bajo la imposición y dominio de Napoleón Bonaparte. Pero empecemos desde el principio...
A finales del siglo XVIII la actual Italia estaba dividida en varios estados... el Reino de Cerdeña, la República de Venecia, la República de Génova, el Gran Ducado de Toscana, los Estados Pontificios, el Reino de Sicilia, entre otros.
En el marco de las Guerras revolucionarias francesas, en 1796 Napoleón Bonaparte tomó el mando del ejército francés contra los estados de la península italiana.
En 1801, con el Tratado de Lunéville, el Gran Ducado de Toscana pasó de ser del control de Austria al de Francia. Una vez eliminado el Gran Ducado, en marzo de 1801 se creó el Reino de Etruria, y en agosto de ese mismo año, Ludovico Francesco Filiberto de Borbón-Parma fue proclamado Rey de Etruria, con el nombre de Luis I.
¡Ah! Te tengo que decir, querido Diario, que este rey Luis I era también Duque de Parma y, ante todo, sobrino de la reina María Luisa de Parma, la mujer de Carlos IV de España.
El reinado de Luis I duró poco, menos de dos años, porque en mayo de 1803 Luis I murió. Le sucedió su hijo Carlos Luis de Borbón-Parma, con el nombre de Luis II de Etruria. Pero había un problemilla... Carlos Luis tenía solo cuatro años, por lo que el país estuvo bajo la regencia de su madre, la reina María Luisa de Borbón, que, por cierto, era hija de Carlos IV y María Luisa, los reyes de España.
Pero María Luisa de Borbón no fue muy de fiar para los intereses franceses, ya que durante su regencia permitió el asilo a varios enemigos de Napoleón, convirtió el país en un centro de contrabando y a la vez de intrigas inglesas contra Francia.
Solución... en diciembre de 1807, por el Tratado de Fontainebleau Francia declaró abolida la monarquía de Etruria. En 1808 el parlamento francés incorporó el territorio de ese antiguo reino a Francia y al año siguiente, en marzo de 1809, se restauró el Gran Ducado de Toscana, siendo administrado por Elisa Bonaparte, hermana menor de Napoleón.
Resumiendo, el Reino de Etruria duró solamente algo más de seis años y medio... desde marzo de 1801 a diciembre de 1807, con dos reyes, Luis I y Luis II, aunque hay que reconocer que el segundo nunca reinó.
Y ahora vamos al cuadro "culpable" de la pregunta del visitante y, por tanto, de todo este rollo que te acabo de dar, querido Diario...
Se titula Los reyes de Etruria y sus hijos, y lo pintó François-Xavier Fabre en el año 1804.
El cuadro lo pintó Fabre en Florencia y representa la familia del rey Luis I, que por cierto, había fallecido un año antes.
¿Y qué es lo que vemos? Pues a la izquierda, de pie, está Ludovico Francesco Filiberto de Borbón-Parma, es decir, Luis I. Y en el centro aparece su esposa, la reina María Luisa Josefina de Borbón, la que sería regente, y sus hijos, Carlos Luis, que en el momento que se pintó el cuadro ya era Luis II, y Luisa Carlota.
Como curiosidad, si el cuadro representa una familia antes de la muerte del padre, en este caso el rey Luis I, el niño Carlos Luis, que había nacido en 1799, tendría cuatro años. Y su hermana, Luisa Carlota, nacida en 1802, solamente un añito.
Si te fijas bien, querido Diario, el rey está vestido con el uniforme de Capitán general y sobre él ostenta, colgado del cuello, el Toisón de Oro. También lleva la Cruz de Santiago, una gran cruz y su banda de la Orden de Carlos III y tres grandes cruces más, la de Saint Ésprit de Francia, San Genaro y San Fernando de las Dos Sicilias.
Le reina, que está sentada en un sillón, luce la venera del Águila y la Estrella de Isabel de Austria y la Orden femenina de María Luisa, al igual que su hija Luisa Carlota, que está sobre las rodillas de su madre.
Y el príncipe Carlos Luis, tiene, al igual que su padre, el Toisón de Oro y la gran cruz y banda de la Orden de Carlos III.
Y otra curiosidad, tanto el padre como el hijo llevan una espada atada al cinto. Representa el poder... aunque poder, lo que se dice poder, tuvieron poco, ya que siempre estuvieron bajo la supervisión de Napoleón Bonaparte.
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía del cuadro Los reyes de Etruria y sus hijos - 1804 -, de François-Xavier Fabre, que se puede contemplar en la sala 75).
Como estoy de vacaciones en casa, ahora estoy aprovechando para estudiar de forma más intensiva la oposición... que tengo que aprobar, sí o sí. Ya es cabezonería propia.
Y como una parte del temario es "Cultura general" me he acordado de un suceso que me pasó en el Museo hace unos meses, que me confirma que tengo que tener más "cultura general", sobre todo en geografía.
Y es que estaba vigilando las salas 74 y 75, que son de Pintura española del siglo XIX y escultura "moderna", cuando se me acercó un señor y me dijo...
-Perdone, ¿le puedo hacer una pregunta?
-Sí, claro.
-¿Me puede decir dónde está Etruria?
-¿Ehhhh?
-Es que en este cuadro hablan de los reyes de Etruria.
-Pues me tiene que perdonar, pero no sé dónde está ese país.
-Gracias. No se preocupe.
Y se marchó. Yo, rápidamente, apunté el título del cuadro y el nombre del país en cuestión y cuando llegué a casa me puse a investigar... y ahora voy a intentar hacerte un resumen, querido Diario, a mi manera, claro.
Empiezo...
Etruria fue una antigua región histórica que estaba situada en el centro de Italia. Hoy comprendería parte de las regiones italianas de Toscana, Lacio y Umbría. Esta región fue dominante en la península itálica desde el año 650 antes de Cristo hasta su caída en el 509 a. C.
Los reyes etruscos conquistaron y dominaron Roma por un siglo, hasta que el último rey de Etruria, Tarquinio el Soberbio, fue expulsado y fue establecida la República Romana.
Se sabe que los etruscos fueron muy influyente en la difusión de la cultura griega en Roma, en los dioses del Olimpo y en el alfabeto latino, que fue tomado del alfabeto griego.
Pero en nuestro caso estamos hablando de un cuadro que habla de unos reyes de Etruria en el siglo XIX. ¿No te parece raro, querido Diario?
Pues sí, ya sé que es raro. Pero todo tiene una explicación...
El Reino de Etruria fue un Estado satélite que existió bajo la imposición y dominio de Napoleón Bonaparte. Pero empecemos desde el principio...
A finales del siglo XVIII la actual Italia estaba dividida en varios estados... el Reino de Cerdeña, la República de Venecia, la República de Génova, el Gran Ducado de Toscana, los Estados Pontificios, el Reino de Sicilia, entre otros.
En el marco de las Guerras revolucionarias francesas, en 1796 Napoleón Bonaparte tomó el mando del ejército francés contra los estados de la península italiana.
En 1801, con el Tratado de Lunéville, el Gran Ducado de Toscana pasó de ser del control de Austria al de Francia. Una vez eliminado el Gran Ducado, en marzo de 1801 se creó el Reino de Etruria, y en agosto de ese mismo año, Ludovico Francesco Filiberto de Borbón-Parma fue proclamado Rey de Etruria, con el nombre de Luis I.
¡Ah! Te tengo que decir, querido Diario, que este rey Luis I era también Duque de Parma y, ante todo, sobrino de la reina María Luisa de Parma, la mujer de Carlos IV de España.
El reinado de Luis I duró poco, menos de dos años, porque en mayo de 1803 Luis I murió. Le sucedió su hijo Carlos Luis de Borbón-Parma, con el nombre de Luis II de Etruria. Pero había un problemilla... Carlos Luis tenía solo cuatro años, por lo que el país estuvo bajo la regencia de su madre, la reina María Luisa de Borbón, que, por cierto, era hija de Carlos IV y María Luisa, los reyes de España.
Pero María Luisa de Borbón no fue muy de fiar para los intereses franceses, ya que durante su regencia permitió el asilo a varios enemigos de Napoleón, convirtió el país en un centro de contrabando y a la vez de intrigas inglesas contra Francia.
Solución... en diciembre de 1807, por el Tratado de Fontainebleau Francia declaró abolida la monarquía de Etruria. En 1808 el parlamento francés incorporó el territorio de ese antiguo reino a Francia y al año siguiente, en marzo de 1809, se restauró el Gran Ducado de Toscana, siendo administrado por Elisa Bonaparte, hermana menor de Napoleón.
Resumiendo, el Reino de Etruria duró solamente algo más de seis años y medio... desde marzo de 1801 a diciembre de 1807, con dos reyes, Luis I y Luis II, aunque hay que reconocer que el segundo nunca reinó.
Y ahora vamos al cuadro "culpable" de la pregunta del visitante y, por tanto, de todo este rollo que te acabo de dar, querido Diario...
Se titula Los reyes de Etruria y sus hijos, y lo pintó François-Xavier Fabre en el año 1804.
El cuadro lo pintó Fabre en Florencia y representa la familia del rey Luis I, que por cierto, había fallecido un año antes.
¿Y qué es lo que vemos? Pues a la izquierda, de pie, está Ludovico Francesco Filiberto de Borbón-Parma, es decir, Luis I. Y en el centro aparece su esposa, la reina María Luisa Josefina de Borbón, la que sería regente, y sus hijos, Carlos Luis, que en el momento que se pintó el cuadro ya era Luis II, y Luisa Carlota.
Como curiosidad, si el cuadro representa una familia antes de la muerte del padre, en este caso el rey Luis I, el niño Carlos Luis, que había nacido en 1799, tendría cuatro años. Y su hermana, Luisa Carlota, nacida en 1802, solamente un añito.
Si te fijas bien, querido Diario, el rey está vestido con el uniforme de Capitán general y sobre él ostenta, colgado del cuello, el Toisón de Oro. También lleva la Cruz de Santiago, una gran cruz y su banda de la Orden de Carlos III y tres grandes cruces más, la de Saint Ésprit de Francia, San Genaro y San Fernando de las Dos Sicilias.
Le reina, que está sentada en un sillón, luce la venera del Águila y la Estrella de Isabel de Austria y la Orden femenina de María Luisa, al igual que su hija Luisa Carlota, que está sobre las rodillas de su madre.
Y el príncipe Carlos Luis, tiene, al igual que su padre, el Toisón de Oro y la gran cruz y banda de la Orden de Carlos III.
Y otra curiosidad, tanto el padre como el hijo llevan una espada atada al cinto. Representa el poder... aunque poder, lo que se dice poder, tuvieron poco, ya que siempre estuvieron bajo la supervisión de Napoleón Bonaparte.
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía del cuadro Los reyes de Etruria y sus hijos - 1804 -, de François-Xavier Fabre, que se puede contemplar en la sala 75).
jueves, 5 de julio de 2018
Querido Diario, 5 de julio de 2018
Querido Diario:
Hoy ha sido un día tranquilo y me ha dado por pensar más de lo normal... me ha dado por filosofar.
Primeramente te tengo que decir que este trabajo no es tan fácil como la gente se cree. Estar un montón de horas de pie, observando a la gente, sin hablar excepto cuando te preguntan... parece sencillo. Físicamente lo es, pero no lo es tanto psíquicamente. Te pasas mucho tiempo pensando, dándole vueltas al cerebro para que los minutos pasen lo más rápido posible... y si no tienes la cabeza "bien amueblada", malo... muy muy muy malo. Porque piensas de todo, tanto cosas buenas como cosas malas. Yo, por suerte, te tengo a ti, querido Diario, y me dedico a pensar qué contarte y, de vez en cuando, saco el papel que llevo en el bolsillo de la chaqueta y escribo alguna que otra frase para luego comentártela.
Pero hay días que se me "va la pinza".
Hoy, por ejemplo, me ha dado por filosofar sobre nuestro trabajo. Y el tema sobre mi "comedura de coco" ha sido... Verdaderamente, ¿los vigilantes de salas tenemos que educar a los visitantes o ellos tienen que venir ya educados de casa?
Buena pregunta, ¿verdad, querido Diario? Pues todo ha empezado porque ayer una compañera y amiga, Marina, descubrió una página web que hablaba de ti, con lo que te escribí el día 3 de julio. Y ella me buscó para comentármelo.
Y en los comentarios que hacían los usuarios de esa página sobre lo que te había escrito, había de todo, cosas buenas y cosas malas. Pero se me quedaron grabadas algunas, desgraciadamente las menos positivas... y hoy me he puesto a pensar y a filosofar sobre ellas.
Por ejemplo, sobre lo que te dije de una chica que se estaba poniéndo una rebeca al lado de un cuadro y que casi lo toca, y yo le dije que se separase, un usuario dijo que la culpa era mía porque no me paré a explicarle por qué se tenía que separar.
Uhm... vale, es cierto que en ese caso no se lo expliqué. Pero sí es cierto que la jornada la empiezas con ganas de comerte el mundo, de ser el mejor vigilante de salas del Museo, pero cuando has dicho veintiocho veces que no se pueden hacer fotografías y treinta y tres veces que no se pueden acercar tanto a los cuadros, todo esto en la primera media hora, pues tu ilusión por ser el mejor vigilante se va apagando y ya no reparas en ese pequeño matiz de que también debes explicar a la gente el por qué de las normas del Museo. Y esto me llevó a pensar... ¿los vigilantes de salas tenemos que educar a los visitantes o ellos tienen que venir ya educados de casa?
También, sobre la reacción cortante de la madre cuando le dije a su hija que tuviera cuidado porque se podría caer sobre un cuadro, otro usuario de esa página web dijo que el error era del "segurata quejica, vago y mediocre", o sea, el error era mío, ya que, según su criterio, tenía que dedicarle diez segundos a contarle educadamente a la familia por qué deben comportarse impecablemente en un museo en lugar de ir poniendo cara de perro a cada respuesta incorrecta de un visitante.
Es cierto, tiene razón, una de las recomendaciones del Decálogo de buenas prácticas en la atención y trato con el público del Vigilante de salas, para ser más exacto la novena, dice...
Mantener la calma en situaciones difíciles, nunca discutir con el visitante, actuando con serenidad.
... y seguramente yo, como vigilante de salas, debería explicar a todo los visitantes que hacen una infracción de la normativa, y, sobre todo, el por qué de ella. Tiene razón. Pero... y esto no es una justificación... invito a todas las personas que piensan igual que estén un día como vigilante de un museo como es el Museo del Prado y verán que el desgaste psíquico es muy grande, si se quiere hacer bien el trabajo, claro, y muchas veces cometemos el error de no explicar el por qué de la normativa. Además, intenté cumplir la normativa al darme la vuelta y decidir no decir nada...
Nunca discutir con el visitante...
Y esto me llevó a pensar... ¿los vigilantes de salas tenemos que educar a los visitantes o ellos tienen que venir ya educados de casa?
Es más, cuando vemos que una persona pone los pies en los bancos de sentarse... ¿los vigilantes de salas tenemos que educar a los visitantes?
Cuando vemos que un visitante está apoyado en la pared y pone la suela del zapato en la pared... ¿los vigilantes de salas tenemos que educar a los visitantes?
Y cuando vemos a una persona tumbada en el suelo, como la normativa no dice nada al respecto... ¿los vigilantes de salas tenemos que educar a los visitantes?
Mi respuesta es "sí" y debemos decirles que están haciendo mal, aunque no podamos explicar el por qué de esa norma, pues no es específica del Museo, sino que es de urbanidad.
Y creo que estoy utilizando bien el verbo "deber"... he puesto "debemos". No he utilizado el verbo "tener", ya que no "tenemos" la obligación de explicar la normativa, solo hacerla cumplir, aunque muchas veces "debamos" explicarla.
En fin, me tienes que disculpar, querido Diario, porque hoy no es uno de mis mejores días... me he puesto a filosofar y, a veces, eso no es bueno, porque puede salir el lado negativo que hay en mí... y creo que hoy, desgraciadamente, lo he conseguido.
Ah, también quiero decirte que no todos los comentarios de los usuarios de esa página web han sido negativos, también ha habido muchos positivos o por lo menos neutros, la mayoría positivos, pero, no sé por qué, me he fijado más en los negativos... ¿seré masoquista?
Y aunque reconozco que algún que otro usuario de esa página me ha "tocado las narices", tengo que dar las gracias a la persona que ha puesto el enlace... ha hecho que más gente te conozca, querido Diario. Y eso me alegra. Por tanto... gracias.
Pero, bueno, ahora quiero cambiar de tercio, y me apetece más explicarte un cuadro, pero, ¿cual?
En un principio se me ha ocurrido la Pintura negra Duelo a garrotazos, que pintó Francisco de Goya y Lucientes en una pared de la Quinta del Sordo entre los años 1820 y 1823. Pero, no... buceando por la página web del Museo del Prado he descubierto un cuadro que no conocía y que me ha parecido más "gracioso" para el tema de hoy.
Se titula Zitto, silenzio, che passa la ronda, y lo pintó Jose Luis Pellicer Feñe en el año 1869.
El título de este cuadro está tomado del primer verso del estribillo de una canción militar italiana, La Ronda, compuesta en 1848 por Teobaldo Ciconi.
Como curiosidad, el estribillo dice así...
Zitti, silenzio! Chi passa là?
Passa la ronda. Viva la ronda:
Viva l’Italia, la libertà!
Que traducido dice, más o menos...
¡Calla, silencio! ¿Quién pasa allí?
Pasa la patrulla (la ronda). Viva la patrulla:
¡Viva Italia, la libertad!
Bueno, y aparte de la temática, me ha llamado la atención por el colorido... oscuro, azul y negro, pero atrayente. Está atardeciendo en la rivera de un río. En el horizonte se ve la luz que deja el sol, detrás de la arboleda. La gente va de un lado a otro, a la vez que pasan seis soldados en su ronda... una escena de un atardecer cualquiera junto al río Tiber, me imagino, ya que este cuadro lo pintó Pellicer cuando estaba en Roma ampliando su formación artística.
Soy así de simple, pero lo que más me ha atraído ha sido el farol encendido... es un punto de luz entre la penumbra del cielo azul oscuro. No sé por qué, no tiene explicación, pero me atrae, cual mosquito, jejeje.
¡Ah! Este cuadro participó en la Exposición Nacional de Bellas Artes del año 1871, y obtuvo la Tercera medalla.
En fin, poco más te puedo decir de este cuadro... bueno, sí, que si vais al Museo, no te lo digo a ti, querido Diario, que no tienes piernas, sino a los cotillas que te leen a hurtadillas, no busquéis esta obra de arte por las salas, ya que no está en Madrid. Está prestado, lo que nosotros llamamos "en depósito" en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, en Barcelona.
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía del cuadro Zitto, silenzio, che passa la ronda - 1869 -, de José Luis Pellicer Feñe, que se puede contemplar en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, en Barcelona).
Hoy ha sido un día tranquilo y me ha dado por pensar más de lo normal... me ha dado por filosofar.
Primeramente te tengo que decir que este trabajo no es tan fácil como la gente se cree. Estar un montón de horas de pie, observando a la gente, sin hablar excepto cuando te preguntan... parece sencillo. Físicamente lo es, pero no lo es tanto psíquicamente. Te pasas mucho tiempo pensando, dándole vueltas al cerebro para que los minutos pasen lo más rápido posible... y si no tienes la cabeza "bien amueblada", malo... muy muy muy malo. Porque piensas de todo, tanto cosas buenas como cosas malas. Yo, por suerte, te tengo a ti, querido Diario, y me dedico a pensar qué contarte y, de vez en cuando, saco el papel que llevo en el bolsillo de la chaqueta y escribo alguna que otra frase para luego comentártela.
Pero hay días que se me "va la pinza".
Hoy, por ejemplo, me ha dado por filosofar sobre nuestro trabajo. Y el tema sobre mi "comedura de coco" ha sido... Verdaderamente, ¿los vigilantes de salas tenemos que educar a los visitantes o ellos tienen que venir ya educados de casa?
Buena pregunta, ¿verdad, querido Diario? Pues todo ha empezado porque ayer una compañera y amiga, Marina, descubrió una página web que hablaba de ti, con lo que te escribí el día 3 de julio. Y ella me buscó para comentármelo.
Y en los comentarios que hacían los usuarios de esa página sobre lo que te había escrito, había de todo, cosas buenas y cosas malas. Pero se me quedaron grabadas algunas, desgraciadamente las menos positivas... y hoy me he puesto a pensar y a filosofar sobre ellas.
Por ejemplo, sobre lo que te dije de una chica que se estaba poniéndo una rebeca al lado de un cuadro y que casi lo toca, y yo le dije que se separase, un usuario dijo que la culpa era mía porque no me paré a explicarle por qué se tenía que separar.
Uhm... vale, es cierto que en ese caso no se lo expliqué. Pero sí es cierto que la jornada la empiezas con ganas de comerte el mundo, de ser el mejor vigilante de salas del Museo, pero cuando has dicho veintiocho veces que no se pueden hacer fotografías y treinta y tres veces que no se pueden acercar tanto a los cuadros, todo esto en la primera media hora, pues tu ilusión por ser el mejor vigilante se va apagando y ya no reparas en ese pequeño matiz de que también debes explicar a la gente el por qué de las normas del Museo. Y esto me llevó a pensar... ¿los vigilantes de salas tenemos que educar a los visitantes o ellos tienen que venir ya educados de casa?
También, sobre la reacción cortante de la madre cuando le dije a su hija que tuviera cuidado porque se podría caer sobre un cuadro, otro usuario de esa página web dijo que el error era del "segurata quejica, vago y mediocre", o sea, el error era mío, ya que, según su criterio, tenía que dedicarle diez segundos a contarle educadamente a la familia por qué deben comportarse impecablemente en un museo en lugar de ir poniendo cara de perro a cada respuesta incorrecta de un visitante.
Es cierto, tiene razón, una de las recomendaciones del Decálogo de buenas prácticas en la atención y trato con el público del Vigilante de salas, para ser más exacto la novena, dice...
Mantener la calma en situaciones difíciles, nunca discutir con el visitante, actuando con serenidad.
... y seguramente yo, como vigilante de salas, debería explicar a todo los visitantes que hacen una infracción de la normativa, y, sobre todo, el por qué de ella. Tiene razón. Pero... y esto no es una justificación... invito a todas las personas que piensan igual que estén un día como vigilante de un museo como es el Museo del Prado y verán que el desgaste psíquico es muy grande, si se quiere hacer bien el trabajo, claro, y muchas veces cometemos el error de no explicar el por qué de la normativa. Además, intenté cumplir la normativa al darme la vuelta y decidir no decir nada...
Nunca discutir con el visitante...
Y esto me llevó a pensar... ¿los vigilantes de salas tenemos que educar a los visitantes o ellos tienen que venir ya educados de casa?
Es más, cuando vemos que una persona pone los pies en los bancos de sentarse... ¿los vigilantes de salas tenemos que educar a los visitantes?
Cuando vemos que un visitante está apoyado en la pared y pone la suela del zapato en la pared... ¿los vigilantes de salas tenemos que educar a los visitantes?
Y cuando vemos a una persona tumbada en el suelo, como la normativa no dice nada al respecto... ¿los vigilantes de salas tenemos que educar a los visitantes?
Mi respuesta es "sí" y debemos decirles que están haciendo mal, aunque no podamos explicar el por qué de esa norma, pues no es específica del Museo, sino que es de urbanidad.
Y creo que estoy utilizando bien el verbo "deber"... he puesto "debemos". No he utilizado el verbo "tener", ya que no "tenemos" la obligación de explicar la normativa, solo hacerla cumplir, aunque muchas veces "debamos" explicarla.
En fin, me tienes que disculpar, querido Diario, porque hoy no es uno de mis mejores días... me he puesto a filosofar y, a veces, eso no es bueno, porque puede salir el lado negativo que hay en mí... y creo que hoy, desgraciadamente, lo he conseguido.
Ah, también quiero decirte que no todos los comentarios de los usuarios de esa página web han sido negativos, también ha habido muchos positivos o por lo menos neutros, la mayoría positivos, pero, no sé por qué, me he fijado más en los negativos... ¿seré masoquista?
Y aunque reconozco que algún que otro usuario de esa página me ha "tocado las narices", tengo que dar las gracias a la persona que ha puesto el enlace... ha hecho que más gente te conozca, querido Diario. Y eso me alegra. Por tanto... gracias.
Pero, bueno, ahora quiero cambiar de tercio, y me apetece más explicarte un cuadro, pero, ¿cual?
En un principio se me ha ocurrido la Pintura negra Duelo a garrotazos, que pintó Francisco de Goya y Lucientes en una pared de la Quinta del Sordo entre los años 1820 y 1823. Pero, no... buceando por la página web del Museo del Prado he descubierto un cuadro que no conocía y que me ha parecido más "gracioso" para el tema de hoy.
Se titula Zitto, silenzio, che passa la ronda, y lo pintó Jose Luis Pellicer Feñe en el año 1869.
El título de este cuadro está tomado del primer verso del estribillo de una canción militar italiana, La Ronda, compuesta en 1848 por Teobaldo Ciconi.
Como curiosidad, el estribillo dice así...
Zitti, silenzio! Chi passa là?
Passa la ronda. Viva la ronda:
Viva l’Italia, la libertà!
Que traducido dice, más o menos...
¡Calla, silencio! ¿Quién pasa allí?
Pasa la patrulla (la ronda). Viva la patrulla:
¡Viva Italia, la libertad!
Bueno, y aparte de la temática, me ha llamado la atención por el colorido... oscuro, azul y negro, pero atrayente. Está atardeciendo en la rivera de un río. En el horizonte se ve la luz que deja el sol, detrás de la arboleda. La gente va de un lado a otro, a la vez que pasan seis soldados en su ronda... una escena de un atardecer cualquiera junto al río Tiber, me imagino, ya que este cuadro lo pintó Pellicer cuando estaba en Roma ampliando su formación artística.
Soy así de simple, pero lo que más me ha atraído ha sido el farol encendido... es un punto de luz entre la penumbra del cielo azul oscuro. No sé por qué, no tiene explicación, pero me atrae, cual mosquito, jejeje.
¡Ah! Este cuadro participó en la Exposición Nacional de Bellas Artes del año 1871, y obtuvo la Tercera medalla.
En fin, poco más te puedo decir de este cuadro... bueno, sí, que si vais al Museo, no te lo digo a ti, querido Diario, que no tienes piernas, sino a los cotillas que te leen a hurtadillas, no busquéis esta obra de arte por las salas, ya que no está en Madrid. Está prestado, lo que nosotros llamamos "en depósito" en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, en Barcelona.
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía del cuadro Zitto, silenzio, che passa la ronda - 1869 -, de José Luis Pellicer Feñe, que se puede contemplar en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, en Barcelona).
viernes, 22 de junio de 2018
Querido Diario, 22 de junio de 2018
Querido Diario:
¿Sabes? Los vigilantes de salas tenemos un "Decálogo de buenas prácticas en la atención y trato con el público". Es un listado de diez recomendaciones que, la verdad, algunas son fáciles de cumplir, como el de mantener una actitud positiva y cuidar la apariencia; o el de saludar y despedirse con un “Buenos días”, “Buenas tardes”, “Adiós” o “Muchas gracias”; o el de mostrar disponibilidad por atender y ayudar al visitante;...
Pero no todas son fáciles de realizar... hay dos de estas diez prácticas que a veces nos cuesta. Bueno, no sé si a mis compañeros les cuesta, pero a mí, muchas veces, sí, aunque intento cumplirlas. Una de estas dos recomendaciones "difíciles" es la quinta, que dice...
"Ser amable con todos y cada uno de los visitantes del Museo del Prado y en cualquier circunstancia, incluso cuando el visitante no lo sea".
Y la otra es la novena...
"Mantener la calma en situaciones difíciles, nunca discutir con el visitante, actuando con serenidad".
Cuesta cumplirlas. Es lógico que intentemos ser amables con todos los visitantes y que debemos mantener la calma y actuar con serenidad, pero muchas veces ellos mismos no lo ponen muy muy muy difícil.
Y muchas veces nos cuesta cumplir estas dos normas porque no siempre nos tratan con el respeto que nos merecemos. Un día unas mujeres de unos sesenta años, estando ellas sentadas en un banco de una de las salas, me llamaron a gritos...
-Eh, jefe...
¿Yo, jefe? ¿De quién? Pero, claro, hay que responder con una sonrisa de oreja a oreja... aunque cueste.
Y otra vez a mi compañero Álvaro, que para entenderlo hay que decir que tiene treinta años y mide 1,96 metros de altura... un tiparraco de hombre que nos mira desde su altiplano, allá por las alturas... pues una vez un señor le llamó, también a gritos...
-Ey, chico...
¿Cómo que "ey, chico"? ¿Qué te crees que soy: el chaval de los recados? Álvaro quiere pensar que se lo dijo porque se creyó que era más joven de lo que es... pero él mismo reconoce que aparenta su edad. Aun así, no creo que sea lógico que nos llamen jefe, chico, amigo, oye tú,...
Recuerdo que una vez, estando yo en la sala 16B, que es donde está el único cuadro de Rembrandt que tiene el Museo, que por cierto te hablé de él el 14 de marzo, se me acercó un matrimonio que tenían pinta de ser rusos, o por lo menos del Este de Europa, y vi que el hombre, que me sacaba dos cabezas de altura, tenía el móvil encendido en la opción de cámara enganchado en un palo selfie.
Ah, querido Diario. Te tengo que decir que los palos selfie están prohibidos en el Museo. Tienen que estar recogidos y guardados en el bolso, bolsa, bolsillo,... pero nunca llevarlos en la mano. Simplemente por seguridad, por si a alguien le da por clavarlo en un cuadro.
Pues, como te iba contando, se me acercó el hombre, que como te he dicho me sacaba dos cabezas, con cara de pocos amigos me preguntó...
-¿Rembrandt?
Yo, con la mejor de mis sonrisas, le dije...
-Primeramente, tiene que guardar el palo selfie. No están permitidos en el Museo, ni el palo selfie ni hacer fotografías.
Y él insistiendo...
-No. ¿Rembrandt?
Y yo, señalando la cámara enganchada en el palo...
-Creo que no me ha entendido. No están permitidos ni el palo selfie ni hacer fotografías. Tiene que guardar las dos cosas.
Y mientras yo le señalaba la cámara, él intentó darme un manotazo a mi mano. Menos mal que tuve reflejos y la aparté corriendo, que si no, me da... y entonces tendríamos un problema mayor...
Entonce él me gritó...
-¡¡¡NO!!! ¿¿¿REMBRANDT???
En ese momento usé, por primera vez y única, mi arma secreta... cogí el walkie, se lo enseñé y le dije...
-¿Quiere que llame a Seguridad?
Fue mano de santo. Fue oir la palabra "Seguridad" y, en ese momento, rápidamente, la mujer le cogió el palo selfie, desmontó el móvil y guardó las dos cosas en su bolso...
-Bien. Ahora le informo... el cuadro de Rembrandt está ahí. Solo tenemos uno.
Y se lo señalé. Es más, les acompañé y me puse delante de él para que no hubiera confusión.
Después me quedé temblando, con un mal cuerpo que ni te lo imaginas, querido Diario. Era la primera vez que me ponía nervioso delante de unos visitantes.
Pero la experiencia te da fuerzas. Y es cierto. Te cuento...
Hace un par de meses, cuando me tocó vigilar durante todo el mes las salas 61B-63B, que son del siglo XIX, Rosales, Casado de Alisal, Federico de Madrazo, entre otros, estando por allí se me acercó un señor de unos cuarenta y cinco años, que por cierto llevaba un plano del Museo en la mano, y me preguntó...
-¿El cuadro del niño herido?
-Ehhh... buenas tardes... perdone, en estos momentos no sé a qué cuadro se refiere.
-Sí, hombre, el cuadro del niño herido, que me han dicho que está por aquí...
-Lo siento. No caigo en estos momentos...
-Venga. No pasa nada.
Se dio media vuelta y se marchó.
Luego, al cabo de unos veinte o treinta minutos llegó a mis salas otra vez el hombre, se puso delante de mí y me empezó a dar golpecitos en el hombro izquierdo con el plano que llevaba en la mano, a la vez que me decía con golpes rítmicos de voz y de plano...
-El cuadro / del niño / herido / es / de Sorolla / dicen / que el pescado / es caro.
Ocho golpes de plano que me dio. Ya solo le faltó decirme...
-Que / no / te enteras, / chaval.
... y entonces me hubiera dado cuatro golpes más.
Yo, con la tranquilidad del mundo, cuando terminó de flagelarme con el plano, me miré el hombro izquierdo y luego, mirándole a los ojos fijamente, serio, muy serio, me "limpié" el hombro como si tuviese una pelusa, y después de unos segundos de tensión, le dije sin soltarle la mirada...
-Me alegro que lo haya encontrado.
No sé si se dio cuenta de su error, pero bajó la mirada al suelo y se marcho sin decir nada más.
Pero, claro, en esos momentos te entran ganas de ponerte como un basilisco y escupir por tu boca todas las barbaridades que te sabes, y más, a la vez. Por eso es bueno recordar de vez en cuando la novena recomendación del "Decálogo de buenas prácticas en la atención y trato con el público"...
"Mantener la calma en situaciones difíciles, nunca discutir con el visitante, actuando con serenidad".
En fin, cambiando de tercio, ¿de qué cuadro piensas que te voy a hablar hoy? Pues sí, has acertado, querido Diario. Pero, bueno, al final el flagelador rítmico no se aprendió bien el título del cuadro. Verdaderamente se llama ¡Aún dicen que el pescado es caro! y lo pintó Joaquín Sorolla y Bastida en el año 1894.
Yo creo que es el cuadro más famoso de los pintados por Sorolla... en su juventud, ya que tenía solo veintiún añitos cuando lo pintó... un chaval, jejeje.
Y nos muestra el interior de una bodega de un barco de pesca. En el centro hay un marinero joven, apenas un muchacho... un niño, según mi flagelador... tendido en el suelo después de sufrir un accidente durante la faena. En el torso desnudo le cuelga una medalla. Está atendido cuidadosamente por dos compañeros más adultos... mi flagelador hubiese dicho que más viejos...
Uno de ellos, calvo, le sujeta por los hombros a la vez que está mirando cómo el otro compañero, que por cierto está cubierto por una barretina, le aplica una compresa en la herida que acaba de mojar en el perol de agua que, si te fijas bien, querido Diario, se ve perfectamente en primer plano.
Me llama la atención, a la vez que "me quito el sombrero", metafóricamente hablando, como los dos adultos están concentrados, con el semblante serio, atendido a su compañero de labor. Qué bien supo plasmar Sorolla la psicología de los personajes. Por eso dicen que este cuadro representa una de las escenas más emocionantes de la pintura española del realismo social de fin de siglo XIX.
Fíjate bien, querido Diario... veras que, alrededor de los tres marineros, pueden verse diversos aperos de trabajo y, al fondo a la izquierda, detrás de la viga de madera, hay un montón de pescados, los que fueron apresados durante la accidentada jornada.
Y lo que más me llama la atención de este cuadro es la iluminación. Aunque hay un farol enganchado en el pilar de madera, está apagado. La luz les llega de una supuesta ventana que está fuera del cuadro, en el lado izquierdo, iluminando desde allí la oscura estancia.
¿Y sabes, querido Diario? Este cuadro lo presentó Sorolla en la Exposición Nacional de Pintura en el año 1895 y ganó la primera medalla del certamen. Y no fue la primera "primera medalla" que había ganado en su vida. Tres años antes, en 1892, ya la ganó con la obra ¡¡Otra Margarita!!
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía del cuadro ¡Aún dicen que el pescado es caro! - 1894 -, de Joaquín Sorolla y Bastida, que se puede contemplar en la sala 62A).
¿Sabes? Los vigilantes de salas tenemos un "Decálogo de buenas prácticas en la atención y trato con el público". Es un listado de diez recomendaciones que, la verdad, algunas son fáciles de cumplir, como el de mantener una actitud positiva y cuidar la apariencia; o el de saludar y despedirse con un “Buenos días”, “Buenas tardes”, “Adiós” o “Muchas gracias”; o el de mostrar disponibilidad por atender y ayudar al visitante;...
Pero no todas son fáciles de realizar... hay dos de estas diez prácticas que a veces nos cuesta. Bueno, no sé si a mis compañeros les cuesta, pero a mí, muchas veces, sí, aunque intento cumplirlas. Una de estas dos recomendaciones "difíciles" es la quinta, que dice...
"Ser amable con todos y cada uno de los visitantes del Museo del Prado y en cualquier circunstancia, incluso cuando el visitante no lo sea".
Y la otra es la novena...
"Mantener la calma en situaciones difíciles, nunca discutir con el visitante, actuando con serenidad".
Cuesta cumplirlas. Es lógico que intentemos ser amables con todos los visitantes y que debemos mantener la calma y actuar con serenidad, pero muchas veces ellos mismos no lo ponen muy muy muy difícil.
Y muchas veces nos cuesta cumplir estas dos normas porque no siempre nos tratan con el respeto que nos merecemos. Un día unas mujeres de unos sesenta años, estando ellas sentadas en un banco de una de las salas, me llamaron a gritos...
-Eh, jefe...
¿Yo, jefe? ¿De quién? Pero, claro, hay que responder con una sonrisa de oreja a oreja... aunque cueste.
Y otra vez a mi compañero Álvaro, que para entenderlo hay que decir que tiene treinta años y mide 1,96 metros de altura... un tiparraco de hombre que nos mira desde su altiplano, allá por las alturas... pues una vez un señor le llamó, también a gritos...
-Ey, chico...
¿Cómo que "ey, chico"? ¿Qué te crees que soy: el chaval de los recados? Álvaro quiere pensar que se lo dijo porque se creyó que era más joven de lo que es... pero él mismo reconoce que aparenta su edad. Aun así, no creo que sea lógico que nos llamen jefe, chico, amigo, oye tú,...
Recuerdo que una vez, estando yo en la sala 16B, que es donde está el único cuadro de Rembrandt que tiene el Museo, que por cierto te hablé de él el 14 de marzo, se me acercó un matrimonio que tenían pinta de ser rusos, o por lo menos del Este de Europa, y vi que el hombre, que me sacaba dos cabezas de altura, tenía el móvil encendido en la opción de cámara enganchado en un palo selfie.
Ah, querido Diario. Te tengo que decir que los palos selfie están prohibidos en el Museo. Tienen que estar recogidos y guardados en el bolso, bolsa, bolsillo,... pero nunca llevarlos en la mano. Simplemente por seguridad, por si a alguien le da por clavarlo en un cuadro.
Pues, como te iba contando, se me acercó el hombre, que como te he dicho me sacaba dos cabezas, con cara de pocos amigos me preguntó...
-¿Rembrandt?
Yo, con la mejor de mis sonrisas, le dije...
-Primeramente, tiene que guardar el palo selfie. No están permitidos en el Museo, ni el palo selfie ni hacer fotografías.
Y él insistiendo...
-No. ¿Rembrandt?
Y yo, señalando la cámara enganchada en el palo...
-Creo que no me ha entendido. No están permitidos ni el palo selfie ni hacer fotografías. Tiene que guardar las dos cosas.
Y mientras yo le señalaba la cámara, él intentó darme un manotazo a mi mano. Menos mal que tuve reflejos y la aparté corriendo, que si no, me da... y entonces tendríamos un problema mayor...
Entonce él me gritó...
-¡¡¡NO!!! ¿¿¿REMBRANDT???
En ese momento usé, por primera vez y única, mi arma secreta... cogí el walkie, se lo enseñé y le dije...
-¿Quiere que llame a Seguridad?
Fue mano de santo. Fue oir la palabra "Seguridad" y, en ese momento, rápidamente, la mujer le cogió el palo selfie, desmontó el móvil y guardó las dos cosas en su bolso...
-Bien. Ahora le informo... el cuadro de Rembrandt está ahí. Solo tenemos uno.
Y se lo señalé. Es más, les acompañé y me puse delante de él para que no hubiera confusión.
Después me quedé temblando, con un mal cuerpo que ni te lo imaginas, querido Diario. Era la primera vez que me ponía nervioso delante de unos visitantes.
Pero la experiencia te da fuerzas. Y es cierto. Te cuento...
Hace un par de meses, cuando me tocó vigilar durante todo el mes las salas 61B-63B, que son del siglo XIX, Rosales, Casado de Alisal, Federico de Madrazo, entre otros, estando por allí se me acercó un señor de unos cuarenta y cinco años, que por cierto llevaba un plano del Museo en la mano, y me preguntó...
-¿El cuadro del niño herido?
-Ehhh... buenas tardes... perdone, en estos momentos no sé a qué cuadro se refiere.
-Sí, hombre, el cuadro del niño herido, que me han dicho que está por aquí...
-Lo siento. No caigo en estos momentos...
-Venga. No pasa nada.
Se dio media vuelta y se marchó.
Luego, al cabo de unos veinte o treinta minutos llegó a mis salas otra vez el hombre, se puso delante de mí y me empezó a dar golpecitos en el hombro izquierdo con el plano que llevaba en la mano, a la vez que me decía con golpes rítmicos de voz y de plano...
-El cuadro / del niño / herido / es / de Sorolla / dicen / que el pescado / es caro.
Ocho golpes de plano que me dio. Ya solo le faltó decirme...
-Que / no / te enteras, / chaval.
... y entonces me hubiera dado cuatro golpes más.
Yo, con la tranquilidad del mundo, cuando terminó de flagelarme con el plano, me miré el hombro izquierdo y luego, mirándole a los ojos fijamente, serio, muy serio, me "limpié" el hombro como si tuviese una pelusa, y después de unos segundos de tensión, le dije sin soltarle la mirada...
-Me alegro que lo haya encontrado.
No sé si se dio cuenta de su error, pero bajó la mirada al suelo y se marcho sin decir nada más.
Pero, claro, en esos momentos te entran ganas de ponerte como un basilisco y escupir por tu boca todas las barbaridades que te sabes, y más, a la vez. Por eso es bueno recordar de vez en cuando la novena recomendación del "Decálogo de buenas prácticas en la atención y trato con el público"...
"Mantener la calma en situaciones difíciles, nunca discutir con el visitante, actuando con serenidad".
En fin, cambiando de tercio, ¿de qué cuadro piensas que te voy a hablar hoy? Pues sí, has acertado, querido Diario. Pero, bueno, al final el flagelador rítmico no se aprendió bien el título del cuadro. Verdaderamente se llama ¡Aún dicen que el pescado es caro! y lo pintó Joaquín Sorolla y Bastida en el año 1894.
Yo creo que es el cuadro más famoso de los pintados por Sorolla... en su juventud, ya que tenía solo veintiún añitos cuando lo pintó... un chaval, jejeje.
Y nos muestra el interior de una bodega de un barco de pesca. En el centro hay un marinero joven, apenas un muchacho... un niño, según mi flagelador... tendido en el suelo después de sufrir un accidente durante la faena. En el torso desnudo le cuelga una medalla. Está atendido cuidadosamente por dos compañeros más adultos... mi flagelador hubiese dicho que más viejos...
Uno de ellos, calvo, le sujeta por los hombros a la vez que está mirando cómo el otro compañero, que por cierto está cubierto por una barretina, le aplica una compresa en la herida que acaba de mojar en el perol de agua que, si te fijas bien, querido Diario, se ve perfectamente en primer plano.
Me llama la atención, a la vez que "me quito el sombrero", metafóricamente hablando, como los dos adultos están concentrados, con el semblante serio, atendido a su compañero de labor. Qué bien supo plasmar Sorolla la psicología de los personajes. Por eso dicen que este cuadro representa una de las escenas más emocionantes de la pintura española del realismo social de fin de siglo XIX.
Fíjate bien, querido Diario... veras que, alrededor de los tres marineros, pueden verse diversos aperos de trabajo y, al fondo a la izquierda, detrás de la viga de madera, hay un montón de pescados, los que fueron apresados durante la accidentada jornada.
Y lo que más me llama la atención de este cuadro es la iluminación. Aunque hay un farol enganchado en el pilar de madera, está apagado. La luz les llega de una supuesta ventana que está fuera del cuadro, en el lado izquierdo, iluminando desde allí la oscura estancia.
¿Y sabes, querido Diario? Este cuadro lo presentó Sorolla en la Exposición Nacional de Pintura en el año 1895 y ganó la primera medalla del certamen. Y no fue la primera "primera medalla" que había ganado en su vida. Tres años antes, en 1892, ya la ganó con la obra ¡¡Otra Margarita!!
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía del cuadro ¡Aún dicen que el pescado es caro! - 1894 -, de Joaquín Sorolla y Bastida, que se puede contemplar en la sala 62A).
lunes, 11 de junio de 2018
Querido Diario, 11 de junio de 2018
Querido Diario:
Hoy casi me da no uno sino dos infartos. Te cuento...
Sabes que delante de las obras hay una cuerda, que se llama "catenaria", que sirve para que la gente no se acerque, sobre todo a las pinturas. Lo normal es que la gente no pase de ese límite. Y, es verdad, el cuerpo no lo pasan, pero hay una protuberancia en el cuerpo, llamada "brazo", que realmente pertenece al cuerpo, y esa sí que la pasan. Pero este no es el caso en la historia de hoy... bueno, verdaderamente es parte de la historia del día a día de nuestro trabajo, pero no te lo cuento todo para no aburrirte.
La historia de hoy empieza con que las salas que me han tocado vigilar son donde están Las Majas de Goya. Pues estaba vigilando cuando veo a una mujer italiana por dentro de la catenaria, parada, de espaldas al cuadro La condesa de Chinchón, del que te hablé el 6 de febrero...
¡¡¡SOCORRO!!! Su espalda estaba a menos de cinco centímetros del cuadro... y ella tan tranquila.
No podía avisarla de ninguna manera porque si se asustaba y se movía podía apretar con la espalda el cuadro. Lo que tuve que hacer, casi sin pensar, fue meter la mano por detrás, entre la espalda y el cuadro, y empujarla un poco hacia afuera para que se separase del cuadro, a la vez que la dirigía hacia la salida de la catenaria. Es cierto que no podemos tocar a los visitantes, como ellos tampoco deberían tocarnos, pero en este caso no tuve más remedio.
-Mi scusi, ero distratto (Disculpe, estaba distraída).
Sí, sí, si ya sé que estaba distraída y que no lo ha hecho aposta, pero el susto que me he llevado ha sido de campeonato. El corazón se me puso a mil pulsaciones.
Pero la historia no acabó ahí... no hay una sin dos.
En este caso, la cosa fue más complicada de solucionar... me encontré a una turista oriental detrás de la catenaria, parada entre dos cuadros. No podía dirigirla hacia la salida, como con la italiana, porque tendría que atravesar un cuadro, con la probabilidad de que lo tocase. Tampoco la podía decir nada porque su reacción lógica sería asustarse y "escapar" por el camino, atravesando los cuadros. Solución... sin decirla nada para que no se asustase, puse el brazo entre ella y uno de los cuadros a la vez que con la otra mano separaba el extremo de una de las cuerdas de su base vertical para crearla una salida. Y una vez en esa posición, le dije...
-Stop... go (Deténgase... pase).
... y salió como si no hubiese pasado nada. Ni me miró. Siguió tan tranquila escuchando su audioguía.
Pero, bueno, estas cosas pasan en el Museo un día sí y otro también.
Y ya que he estado en unas de las salas de Goya, te voy a hablar de unos cuadritos que me han llamado la atención... bueno, los he llamado "cuadritos", pero verdaderamente son miniaturas.
Estas miniaturas pertenecen a una serie de siete que pintó Goya en el año 1805 con motivo de la boda de su hijo Javier con Gumersinda Goicoechea. Representan a Javier de Goya y a su familia política.
Las realizó sobre cobre y son las únicas miniaturas que hizo el pintor. Se trata de un conjunto de exquisitos y expresivos retratos en los que, a pesar de su tamaño, realizó profundos estudios psicológicos.
Como te he dicho, querido Diario, se conocen siete, pero podrían haber sido diez, ya que faltan el retrato de su consuegro don Martín Miguel de Goicoechea, el padre de Gumersinda, así como el del propio Goya y el de su mujer Josefa Bayeu.
Y el Museo del Prado tiene dos miniaturas de las siete conocidas. Son la de Juana Galarza de Goicoechea y la de Manuela Goicoechea y Galarza.
Juana Galarza de Goicoechea era la esposa del comerciante de origen navarro Miguel Martín de Goicoechea, y madre de Gumersinda. Por tanto era la consuegra de Goya.
Como puedes comprobar, querido Diario, Juana está representada casi de frente, y está vestida con un traje de encaje blanco, cofia a juego y collar dorado.
Y Manuela Goicoechea y Galarza era la hija de Martín Miguel de Goicoechea y Juana Galarza. Era la hermana mayor de Gumersinda Goicoechea. Por tanto era la cuñada de Javier de Goya.
Como verás, querido Diario, Manuela está representada de perfil, y está vestida con otro un traje de encaje blanco, cofia a juego y collar de perlas... o por lo menos eso parece. Cuando la pintó Goya, nuestra Manuela tenía 20 años.
Se casó con Francisco Muguiro e Iribarren, hermano de Juan Bautista Muguiro, retratado por Goya en Burdeos, del que te hablé el 1 de enero. Por causa de la represión de Fernando VII, Manuela y su marido Francisco se establecieron en Burdeos en 1824, donde falleció en 1858.
Ah, que se me olvidaba.. las dos miniaturas miden solamente 8,1 centímetros de diámetro, cada una, claro.
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía de las miniaturas Juana Galarza de Goicoechea y Manuela Goicoechea y Galarza - 1805 -, de Francisco de Goya y Lucientes, que se pueden contemplar en la sala 37).
Hoy casi me da no uno sino dos infartos. Te cuento...
Sabes que delante de las obras hay una cuerda, que se llama "catenaria", que sirve para que la gente no se acerque, sobre todo a las pinturas. Lo normal es que la gente no pase de ese límite. Y, es verdad, el cuerpo no lo pasan, pero hay una protuberancia en el cuerpo, llamada "brazo", que realmente pertenece al cuerpo, y esa sí que la pasan. Pero este no es el caso en la historia de hoy... bueno, verdaderamente es parte de la historia del día a día de nuestro trabajo, pero no te lo cuento todo para no aburrirte.
La historia de hoy empieza con que las salas que me han tocado vigilar son donde están Las Majas de Goya. Pues estaba vigilando cuando veo a una mujer italiana por dentro de la catenaria, parada, de espaldas al cuadro La condesa de Chinchón, del que te hablé el 6 de febrero...
¡¡¡SOCORRO!!! Su espalda estaba a menos de cinco centímetros del cuadro... y ella tan tranquila.
No podía avisarla de ninguna manera porque si se asustaba y se movía podía apretar con la espalda el cuadro. Lo que tuve que hacer, casi sin pensar, fue meter la mano por detrás, entre la espalda y el cuadro, y empujarla un poco hacia afuera para que se separase del cuadro, a la vez que la dirigía hacia la salida de la catenaria. Es cierto que no podemos tocar a los visitantes, como ellos tampoco deberían tocarnos, pero en este caso no tuve más remedio.
-Mi scusi, ero distratto (Disculpe, estaba distraída).
Sí, sí, si ya sé que estaba distraída y que no lo ha hecho aposta, pero el susto que me he llevado ha sido de campeonato. El corazón se me puso a mil pulsaciones.
Pero la historia no acabó ahí... no hay una sin dos.
En este caso, la cosa fue más complicada de solucionar... me encontré a una turista oriental detrás de la catenaria, parada entre dos cuadros. No podía dirigirla hacia la salida, como con la italiana, porque tendría que atravesar un cuadro, con la probabilidad de que lo tocase. Tampoco la podía decir nada porque su reacción lógica sería asustarse y "escapar" por el camino, atravesando los cuadros. Solución... sin decirla nada para que no se asustase, puse el brazo entre ella y uno de los cuadros a la vez que con la otra mano separaba el extremo de una de las cuerdas de su base vertical para crearla una salida. Y una vez en esa posición, le dije...
-Stop... go (Deténgase... pase).
... y salió como si no hubiese pasado nada. Ni me miró. Siguió tan tranquila escuchando su audioguía.
Pero, bueno, estas cosas pasan en el Museo un día sí y otro también.
Y ya que he estado en unas de las salas de Goya, te voy a hablar de unos cuadritos que me han llamado la atención... bueno, los he llamado "cuadritos", pero verdaderamente son miniaturas.
Estas miniaturas pertenecen a una serie de siete que pintó Goya en el año 1805 con motivo de la boda de su hijo Javier con Gumersinda Goicoechea. Representan a Javier de Goya y a su familia política.
Las realizó sobre cobre y son las únicas miniaturas que hizo el pintor. Se trata de un conjunto de exquisitos y expresivos retratos en los que, a pesar de su tamaño, realizó profundos estudios psicológicos.
Como te he dicho, querido Diario, se conocen siete, pero podrían haber sido diez, ya que faltan el retrato de su consuegro don Martín Miguel de Goicoechea, el padre de Gumersinda, así como el del propio Goya y el de su mujer Josefa Bayeu.
Y el Museo del Prado tiene dos miniaturas de las siete conocidas. Son la de Juana Galarza de Goicoechea y la de Manuela Goicoechea y Galarza.
Juana Galarza de Goicoechea era la esposa del comerciante de origen navarro Miguel Martín de Goicoechea, y madre de Gumersinda. Por tanto era la consuegra de Goya.
Como puedes comprobar, querido Diario, Juana está representada casi de frente, y está vestida con un traje de encaje blanco, cofia a juego y collar dorado.
Y Manuela Goicoechea y Galarza era la hija de Martín Miguel de Goicoechea y Juana Galarza. Era la hermana mayor de Gumersinda Goicoechea. Por tanto era la cuñada de Javier de Goya.
Como verás, querido Diario, Manuela está representada de perfil, y está vestida con otro un traje de encaje blanco, cofia a juego y collar de perlas... o por lo menos eso parece. Cuando la pintó Goya, nuestra Manuela tenía 20 años.
Se casó con Francisco Muguiro e Iribarren, hermano de Juan Bautista Muguiro, retratado por Goya en Burdeos, del que te hablé el 1 de enero. Por causa de la represión de Fernando VII, Manuela y su marido Francisco se establecieron en Burdeos en 1824, donde falleció en 1858.
Ah, que se me olvidaba.. las dos miniaturas miden solamente 8,1 centímetros de diámetro, cada una, claro.
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía de las miniaturas Juana Galarza de Goicoechea y Manuela Goicoechea y Galarza - 1805 -, de Francisco de Goya y Lucientes, que se pueden contemplar en la sala 37).
sábado, 9 de junio de 2018
Querido Diario, 9 de junio de 2018
Querido Diario:
A veces los vigilantes de sala tenemos que aguantar a gente que, la verdad, no sé cómo calificarla. Te cuento...
Hace unos días, mientras estábamos comiendo, una compañera, que me pidió que su nombre quedara en el anonimato, me dijo...
-Te tengo que contar una cosa que me pasó el otro día para tu Diario.
-Venga, cuenta...
-Pues estaba en la sala de las Pinturas negras de Goya cuando de repente se me acerca un hombre y me pregunta dónde están las salas de Rafael. Le estaba indicando y me cortó. Y me empiezó a contar que estaba separado, que vivía en Barcelona y que había venido un mes a Madrid para descansar. Yo no le hice caso y le seguí indicando dónde estaba la sala 49 y me alejé. Pero al día siguiente me tocó vigilar el Claustro y apareció él y me dijo...
-"¿Te acuerdas de mí?
"Pues claro que me acordaba de él, pero le dije que no...
-"Sí, que ayer estabas en la sala de las Pinturas negras y me indicaste donde estaba la sala de Rafael. Pues es que hoy me he levantado y he ido al banco «Tal» a cancelar la cuenta y he ido al banco «Talcual» para abrir otra cuenta. Es que estoy separado. Luego me he ido a tomar un café cortado y a la peluquería. He comido en el bar que está aquí al lado y a las 8:00 he quedado para tomas una botella de sidra con un amigo.
-"Y mientras tanto, ha venido al Museo del Prado para ver los cuadros...
-"No. Yo vengo al museo a ligar.
"Yo no sabía dónde meterme. Estábamos solos en el Claustro y no tenía excusa para alejarme. Menos mal que entraron un grupo de jóvenes y me fui para ellos como para decirles algo y le dejé con la palabra en la boca".
Y en ese momento, un compañero que estaba comiendo con nosotros preguntó...
-¿Quién? ¿El de las plataformas blancas?
-Sí, ese.
Y otro compañero...
-¿El de la camisa hawaiana? También se enrolló conmigo. Si quería ligar conmigo, lo llevaba claro.
Y es que, según me contaron mis compañeros, debía ser un poco estrafalario. Me dijeron que tenía el poco pelo que le quedaba teñido de amarillo fosforescente y que llevaba una camisa hawaiana con un pañuelo al cuello estilo cowboy, con el nudo a un lado, pantalones negros ajustadísimos y unas plataformas blancas. Todo un figura.
Pero ahí no acabó la cosa. Mi compañera me comentó que le vio dos días más...
-Parece que me buscaba.
Y hoy, como quería comentártelo, querido Diario, en mi descanso he ido a ver a mi compañera para que me recordara los "pasos" del susodicho visitante para luego contártelo. Y me ha dicho...
-Pero la cosa no terminó ahí. Ayer apareció otra vez. Llevaba una camiseta rosa, con su pañuelo, pantalones blancos ajustados y sus plataformas. Y de repente me salta...
-"¿Te quieres casar conmigo?
-"Pues llega tarde. Ya estoy casada.
-"No, si no te lo decía a ti, sino que se lo decía al cuadro.
"Y una mier**coles. Me lo dijo clarísimo a mí. Pero como le salió rana, no supo qué decir".
Querido Diario, me quedé de piedra. Solo se me ocurrió decirle a mi compañera...
-¿Sabes que eso es denunciable? Eso es acoso.
-Ya, pero me imagino que no volverá. Con lo borde que me puse, seguro que ya no vuelve más por mis salas. A ver si se acaba el mes que está en Madrid y se vuelve de una vez a Barcelona.
En fin, querido Diario, no todo es idílico en nuestro trabajo. Tenemos que soportar a toda clase de gente... gente muy educada, que te da las gracias, gente borde, que se enfada porque le informas de las normas, y gente "petarda", que no sabes cómo huir de ella.
Y hablando de "amores imposibles"... porque por suerte ella está felizmente casada, se me ha ocurrido hablarte de un cuadro de Antonio Muñoz Degrain. Se titula Los amantes de Teruel y lo pintó en el año 1884.
Esta obra está catalogada en el grupo de Pintura de historia, aunque no está muy claro si fue una historia real como tal o no.
Cuenta la historia, o la leyenda, que allá por el año del Señor de 1217, en Teruel, un rico mercader tenía una hija muy bella que se llamaba Isabel de Segura, y estando en el mercado, conoció a un muchacho pobre pero honrado de nombre Diego de Marcilla y se enamoraron profundamente.
Con el tiempo el joven le dijo a la doncella que deseaba tomarla por esposa, y ella le respondió que su deseo era el mismo, pero que no lo haría sin la aprobación de su padre y de su madre.
Como nuestro Diego no poseía riquezas, le pidió a su amada Isabel que, si ella quería esperarlo cinco años, estaría dispuesto a salir a trabajar donde fuese necesario para poder ganar dinero y hacerse digno de matrimonio. Y ella se lo prometió.
Nuestro joven fue ganando dinero luchando contra los musulmanes, mientras que su amada fue atosigada por su padre para que tomase como marido a un rico pretendiente llamado don Rodrigo de Azara. Ella logró impedir que la casaran diciendo que "había hecho voto de virginidad hasta que cumpliese los veinte años".
Pasados los cinco años solicitados por su amado Diego, al ver que no aparecía ni daba razón de su existencia, pensando que podría estar muerto, nuestra Isabel aceptó casarse con el pretendiente rico don Rodrigo.
Y, casualidades de la vida, el mismo día de la boda, una vez concluida la ceremonia, regresó el amado Diego de Marcilla.
Esa noche, Diego pudo entrar en la recámara donde dormían los nuevos esposos y, despertando con cariño a su amada, le dijo...
-Bésame, que me muero.
Y ella le respondió dolida...
-Quiera Dios que yo falte a mi marido. Por la pasión de Jesucristo os suplico que busquéis a otra, que de mí no hagáis cuenta, pues si a Dios no ha complacido, tampoco me complace a mí.
Él dijo otra vez...
-Bésame, que me muero.
Pero ella rehusó de nuevo. Entonces él cayó muerto. Ella se puso a temblar, despertó a su marido y le contó lo que había ocurrido y de cómo Diego había muerto con un suspiro. Entonces su marido le dijo...
-¡Oh, malvada! ¿Por qué no lo has besado?
A lo que ella repuso...
-Por no faltar a mi marido.
Y él contestó...
-Ciertamente, eres digna de alabanzas.
Entonces el matrimonio acordó llevarlo a casa del padre de Isabel para que nadie pensase que el marido le había matado. Y así lo hicieron sin ser oídos por nadie.
Y la joven se acordó de cuánto quería a su amado Diego, de cuánto había hecho por ello, y que por no quererle besar, había muerto. Entonces decidió ir a besarle antes de que le enterrasen. Y cuando llegó a la iglesia de San Pedro, donde estaba de velatorio, ella, apartando la mortaja, le descubrió la cara y le besó con tanto amor que allí murió.
Después, el marido contó todo lo que ella le había narrado y acordaron enterrarlos juntos en una sepultura... juntos para siempre.
Y volviendo al cuadro que pintó Antonio Muñoz Degrain, te tengo que decir, querido Diario, que es grandioso en todos los aspectos... sobre todo por el tamaño, ya que mide 516 x 330 centímetros... más de cinco metros de largo por más de tres metros de alto.
¿Y qué es lo que vemos en el cuadro? Pues el interior oscuro de la iglesia de San Pedro en Teruel, donde yace sin vida el cuerpo de Diego de Mansilla dentro de un sencillo féretro. Fíjate bien, querido Diario, que nuestro Diego está amortajado con el traje de guerrero, aunque solo se le ve la cabeza y los pies, ya que ese mismo día había regresado de su viaje, después de luchar contra los moros.
A mí me llama la atención el catafalco de oro... bueno, podría ser de bronce dorado, pero eso es lo de menos. Está adornado con águilas en las esquinas encima de unas máscaras, que verdaderamente se denominan "mascarones", las patas del catafalco son leones pequeñitos y, recorriendo la base, está la leyenda en latín "VIVA EL NOME E MORA EL OME". Por debajo del féretro, el catafalco está lleno de rosas y hojas de laurel, como homenaje a los triunfos del caballero.
Sobre el pecho del difunto reposa la cabeza de su amada Isabel que acaba de fallecer después de besar los labios de su eterno e imposible amor. Si te fijas bien, querido Diario, todavía está vestida con el traje de novia.
Pero lo que me encanta es el detalle del candelero con su velón, todavía echando humo, volcado por la novia al llegar corriendo y al abalanzarse hacia el cadáver se su amado. Y lo que más, más, más me gusta el el incensario redondo, en forma de pelota, que está en el suelo. Realmente tiene el tamaño de un balón de fútbol y es espectacular. A mí me encanta.
Volviendo a la descripción del cuadro, se ven a los dos amantes unidos por la muerte, contemplados con ternura por dos dueñas que se acercan al féretro.
Si te fijas bien, querido Diario, Degrain pintó la escena tomada desde una esquina del templo, viéndose de oblicuo, para crear más profundidad espacial, a la vez que ilumina solo a los protagonistas, centrando todo la intensidad dramática en ellos y en su trágico final. Por tanto, el resto del cortejo fúnebre que vela el cadáver apenas se distingue. Solo se aprecia algo por la tenue penumbra que deja pasar el velo que cubre el ventanal del templo. Si te fijas bien, querido Diario, la estancia solo se alumbra con el ventanal, con una vela sobre el altar que está a la izquierda, junto a un sacerdote que se se vuelve bruscamente para contemplar la escena, y con una lámpara de aceite que cuelga del techo, a los pies del ataúd.
Ah, que se me olvidaba y no quería dejar de decírtelo antes de terminar... como te he comentado antes, el cuadro lo pintó Antonio Muñoz Degrain en 1884 y ese mismo año lo presentó en la Exposición Nacional, siendo premiado con una primera medalla.
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía del cuadro Los amantes de Teruel - 1884 -, de Antonio Muñoz Degrain, que se puede contemplar en la sala 61A).
A veces los vigilantes de sala tenemos que aguantar a gente que, la verdad, no sé cómo calificarla. Te cuento...
Hace unos días, mientras estábamos comiendo, una compañera, que me pidió que su nombre quedara en el anonimato, me dijo...
-Te tengo que contar una cosa que me pasó el otro día para tu Diario.
-Venga, cuenta...
-Pues estaba en la sala de las Pinturas negras de Goya cuando de repente se me acerca un hombre y me pregunta dónde están las salas de Rafael. Le estaba indicando y me cortó. Y me empiezó a contar que estaba separado, que vivía en Barcelona y que había venido un mes a Madrid para descansar. Yo no le hice caso y le seguí indicando dónde estaba la sala 49 y me alejé. Pero al día siguiente me tocó vigilar el Claustro y apareció él y me dijo...
-"¿Te acuerdas de mí?
"Pues claro que me acordaba de él, pero le dije que no...
-"Sí, que ayer estabas en la sala de las Pinturas negras y me indicaste donde estaba la sala de Rafael. Pues es que hoy me he levantado y he ido al banco «Tal» a cancelar la cuenta y he ido al banco «Talcual» para abrir otra cuenta. Es que estoy separado. Luego me he ido a tomar un café cortado y a la peluquería. He comido en el bar que está aquí al lado y a las 8:00 he quedado para tomas una botella de sidra con un amigo.
-"Y mientras tanto, ha venido al Museo del Prado para ver los cuadros...
-"No. Yo vengo al museo a ligar.
"Yo no sabía dónde meterme. Estábamos solos en el Claustro y no tenía excusa para alejarme. Menos mal que entraron un grupo de jóvenes y me fui para ellos como para decirles algo y le dejé con la palabra en la boca".
Y en ese momento, un compañero que estaba comiendo con nosotros preguntó...
-¿Quién? ¿El de las plataformas blancas?
-Sí, ese.
Y otro compañero...
-¿El de la camisa hawaiana? También se enrolló conmigo. Si quería ligar conmigo, lo llevaba claro.
Y es que, según me contaron mis compañeros, debía ser un poco estrafalario. Me dijeron que tenía el poco pelo que le quedaba teñido de amarillo fosforescente y que llevaba una camisa hawaiana con un pañuelo al cuello estilo cowboy, con el nudo a un lado, pantalones negros ajustadísimos y unas plataformas blancas. Todo un figura.
Pero ahí no acabó la cosa. Mi compañera me comentó que le vio dos días más...
-Parece que me buscaba.
Y hoy, como quería comentártelo, querido Diario, en mi descanso he ido a ver a mi compañera para que me recordara los "pasos" del susodicho visitante para luego contártelo. Y me ha dicho...
-Pero la cosa no terminó ahí. Ayer apareció otra vez. Llevaba una camiseta rosa, con su pañuelo, pantalones blancos ajustados y sus plataformas. Y de repente me salta...
-"¿Te quieres casar conmigo?
-"Pues llega tarde. Ya estoy casada.
-"No, si no te lo decía a ti, sino que se lo decía al cuadro.
"Y una mier**coles. Me lo dijo clarísimo a mí. Pero como le salió rana, no supo qué decir".
Querido Diario, me quedé de piedra. Solo se me ocurrió decirle a mi compañera...
-¿Sabes que eso es denunciable? Eso es acoso.
-Ya, pero me imagino que no volverá. Con lo borde que me puse, seguro que ya no vuelve más por mis salas. A ver si se acaba el mes que está en Madrid y se vuelve de una vez a Barcelona.
En fin, querido Diario, no todo es idílico en nuestro trabajo. Tenemos que soportar a toda clase de gente... gente muy educada, que te da las gracias, gente borde, que se enfada porque le informas de las normas, y gente "petarda", que no sabes cómo huir de ella.
Y hablando de "amores imposibles"... porque por suerte ella está felizmente casada, se me ha ocurrido hablarte de un cuadro de Antonio Muñoz Degrain. Se titula Los amantes de Teruel y lo pintó en el año 1884.
Esta obra está catalogada en el grupo de Pintura de historia, aunque no está muy claro si fue una historia real como tal o no.
Cuenta la historia, o la leyenda, que allá por el año del Señor de 1217, en Teruel, un rico mercader tenía una hija muy bella que se llamaba Isabel de Segura, y estando en el mercado, conoció a un muchacho pobre pero honrado de nombre Diego de Marcilla y se enamoraron profundamente.
Con el tiempo el joven le dijo a la doncella que deseaba tomarla por esposa, y ella le respondió que su deseo era el mismo, pero que no lo haría sin la aprobación de su padre y de su madre.
Como nuestro Diego no poseía riquezas, le pidió a su amada Isabel que, si ella quería esperarlo cinco años, estaría dispuesto a salir a trabajar donde fuese necesario para poder ganar dinero y hacerse digno de matrimonio. Y ella se lo prometió.
Nuestro joven fue ganando dinero luchando contra los musulmanes, mientras que su amada fue atosigada por su padre para que tomase como marido a un rico pretendiente llamado don Rodrigo de Azara. Ella logró impedir que la casaran diciendo que "había hecho voto de virginidad hasta que cumpliese los veinte años".
Pasados los cinco años solicitados por su amado Diego, al ver que no aparecía ni daba razón de su existencia, pensando que podría estar muerto, nuestra Isabel aceptó casarse con el pretendiente rico don Rodrigo.
Y, casualidades de la vida, el mismo día de la boda, una vez concluida la ceremonia, regresó el amado Diego de Marcilla.
Esa noche, Diego pudo entrar en la recámara donde dormían los nuevos esposos y, despertando con cariño a su amada, le dijo...
-Bésame, que me muero.
Y ella le respondió dolida...
-Quiera Dios que yo falte a mi marido. Por la pasión de Jesucristo os suplico que busquéis a otra, que de mí no hagáis cuenta, pues si a Dios no ha complacido, tampoco me complace a mí.
Él dijo otra vez...
-Bésame, que me muero.
Pero ella rehusó de nuevo. Entonces él cayó muerto. Ella se puso a temblar, despertó a su marido y le contó lo que había ocurrido y de cómo Diego había muerto con un suspiro. Entonces su marido le dijo...
-¡Oh, malvada! ¿Por qué no lo has besado?
A lo que ella repuso...
-Por no faltar a mi marido.
Y él contestó...
-Ciertamente, eres digna de alabanzas.
Entonces el matrimonio acordó llevarlo a casa del padre de Isabel para que nadie pensase que el marido le había matado. Y así lo hicieron sin ser oídos por nadie.
Y la joven se acordó de cuánto quería a su amado Diego, de cuánto había hecho por ello, y que por no quererle besar, había muerto. Entonces decidió ir a besarle antes de que le enterrasen. Y cuando llegó a la iglesia de San Pedro, donde estaba de velatorio, ella, apartando la mortaja, le descubrió la cara y le besó con tanto amor que allí murió.
Después, el marido contó todo lo que ella le había narrado y acordaron enterrarlos juntos en una sepultura... juntos para siempre.
Y volviendo al cuadro que pintó Antonio Muñoz Degrain, te tengo que decir, querido Diario, que es grandioso en todos los aspectos... sobre todo por el tamaño, ya que mide 516 x 330 centímetros... más de cinco metros de largo por más de tres metros de alto.
¿Y qué es lo que vemos en el cuadro? Pues el interior oscuro de la iglesia de San Pedro en Teruel, donde yace sin vida el cuerpo de Diego de Mansilla dentro de un sencillo féretro. Fíjate bien, querido Diario, que nuestro Diego está amortajado con el traje de guerrero, aunque solo se le ve la cabeza y los pies, ya que ese mismo día había regresado de su viaje, después de luchar contra los moros.
A mí me llama la atención el catafalco de oro... bueno, podría ser de bronce dorado, pero eso es lo de menos. Está adornado con águilas en las esquinas encima de unas máscaras, que verdaderamente se denominan "mascarones", las patas del catafalco son leones pequeñitos y, recorriendo la base, está la leyenda en latín "VIVA EL NOME E MORA EL OME". Por debajo del féretro, el catafalco está lleno de rosas y hojas de laurel, como homenaje a los triunfos del caballero.
Sobre el pecho del difunto reposa la cabeza de su amada Isabel que acaba de fallecer después de besar los labios de su eterno e imposible amor. Si te fijas bien, querido Diario, todavía está vestida con el traje de novia.
Pero lo que me encanta es el detalle del candelero con su velón, todavía echando humo, volcado por la novia al llegar corriendo y al abalanzarse hacia el cadáver se su amado. Y lo que más, más, más me gusta el el incensario redondo, en forma de pelota, que está en el suelo. Realmente tiene el tamaño de un balón de fútbol y es espectacular. A mí me encanta.
Volviendo a la descripción del cuadro, se ven a los dos amantes unidos por la muerte, contemplados con ternura por dos dueñas que se acercan al féretro.
Si te fijas bien, querido Diario, Degrain pintó la escena tomada desde una esquina del templo, viéndose de oblicuo, para crear más profundidad espacial, a la vez que ilumina solo a los protagonistas, centrando todo la intensidad dramática en ellos y en su trágico final. Por tanto, el resto del cortejo fúnebre que vela el cadáver apenas se distingue. Solo se aprecia algo por la tenue penumbra que deja pasar el velo que cubre el ventanal del templo. Si te fijas bien, querido Diario, la estancia solo se alumbra con el ventanal, con una vela sobre el altar que está a la izquierda, junto a un sacerdote que se se vuelve bruscamente para contemplar la escena, y con una lámpara de aceite que cuelga del techo, a los pies del ataúd.
Ah, que se me olvidaba y no quería dejar de decírtelo antes de terminar... como te he comentado antes, el cuadro lo pintó Antonio Muñoz Degrain en 1884 y ese mismo año lo presentó en la Exposición Nacional, siendo premiado con una primera medalla.
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía del cuadro Los amantes de Teruel - 1884 -, de Antonio Muñoz Degrain, que se puede contemplar en la sala 61A).
domingo, 3 de junio de 2018
Querido Diario, 3 de junio de 2018
Querido Diario:
Después de pasarme un mes entero vigilando las salas 61B-63B, que son del siglo XIX, he empezado éste con lo que nosotros llamamos "correturnos", que es cada día en unas salas distintas. ¿Y a que no sabes dónde me ha tocado hoy? Ni te lo imaginas... de relevos en las salas del siglo XIX.
Pero no me importa, todo lo contrario, lo agradezco, pues cada día que pasa me "enamoro" más de la pintura de este siglo... con permiso de mi mujer, claro, jejeje.
En fin, hoy me he dado cuenta que los vigilantes no somos perfectos. Te cuento...
Estaba vigilando en el claustro... ah, te tengo que aclarar, querido Diario, que en el grupo de relevos del siglo XIX también entra el claustro, que no es ni más ni menos que el claustro del antiguo Monasterio de san Jerónimo el Real.
Del monasterio ya solo existen la iglesia, convertida en la Parroquia de san Jerónimo, y uno de los dos claustros que tenía... el renacentista.
Y este claustro fue absorbido por el Museo en la reforma realizada por el arquitecto Rafael Moneo y que se terminó en el año 2007.
Pero, bueno, que me lío... lo que te iba diciendo... hoy me he dado cuenta que los vigilantes no somos perfectos. Y es que estaba vigilando en el claustro, que por cierto es la única sala expositiva del Museo en la que se pueden hacer fotografías, junto a la entrada de Jerónimos, pero, bueno, esa no es una sala expositiva como tal, cuando se me ha acercado un hombre, que estaba solo, y me ha peguntado...
-¿Me puede hacer una fotografía?
... a la vez que me entregaba su móvil.
-Lo siento, pero no puedo.
-No se preocupe. Lo entiendo. Gracias de todas formas.
La verdad es que no sé si puedo o no hacer una fotografía a unos visitantes. No existe ninguna normativa al respecto. Como es un caso tan particular, yo creo que nadie ha caído en ese tema.
Entiendo que no pasa nada si le hago ese favor, pero tampoco sé la reacción de mis jefes si me ven haciendo una foto a un visitante. Se supone que estamos para vigilar y velar por la seguridad de las obras de arte expuestas, y por tanto hacer fotografías a los visitantes no entra dentro de nuestro cometido, ya que en ese momento de "distracción" podría pasar cualquier cosa a las obras de arte expuestas. Pero, ¿lo tenemos prohibido? A ver si me acuerdo y se lo pregunto a alguno de mis jefes y te lo cuento.
Ya ves, querido Diario, no soy perfecto... pero otro compañero mío tampoco. Prefiero dejarle en el anonimato...
Cuando he ido a relevarle para que descansara, me ha dicho...
-Un señor hispanoamericano me he preguntado dónde está el lavatorio... y le mandado a los aseos. Y luego, pensando, creo podría estar preguntando por El lavatorio de Tintoretto.
... que es el cuadro del que te hablé en el pasado 6 de diciembre.
Pues podría ser que preguntase por El lavatorio de Tintoretto y no por los aseos, pero entiendo a mi compañero, pues he oído denominarlos de muchísimas maneras... aseos, lavabos, baños, retretes, urinarios, mingitorios, toilets, en perfecto inglés, "tualetes", en perfecto espaninglis,... y , por tanto, ¿por qué no podría ser el lavatorio, el aseo?
Resumiendo, hasta los vigilantes no somos perfectos... pero casi, jejeje.
Y hoy es domingo. Pero un domingo especial... hoy la Iglesia Católica celebra la festividad del Corpus Christi.
Bueno, el Corpus Christi se celebra sesenta días después del Domingo de Resurrección, y por tanto, por cálculos matemáticos, tendría que caer en jueves. Pero en muchas regiones esta fiesta ha sido trasladada al domingo siguiente para adaptarse al calendario laboral... y la Iglesia se ha adaptado a este cambio y ya la ha pasado directamente al domingo.
¿Y a qué viene este rollo? Te preguntarás, querido Diario. Pues viene porque te quiero hablar de un cuadro... del siglo XIX, qué raro, jejeje, que pasa desapercibido pero que me cautivó desde el primer día que lo vi.
Se titula Procesión en la Abadía de Tiglieto, y lo pintó Serafín Avendaño Martínez en el año 1895. Y entra dentro del grupo de la Pintura Costumbrista y en la del Naturalismo, ambas del siglo XIX.
Serafín Avendaño consiguió en 1861 una Pensión para estudiar en el extranjero y se fue a Italia, más concretamente a Génova y más tarde recorrió la región de Liguria. Allí se especializó en el paisaje de carácter realista, luminista y con preferencia por las atmósferas húmedas. Regresó a España en 1891, donde, entre otros muchos, pintó este cuadro.
Este cuadro representa una procesión en el municipio de Tiglieto, de la provincia de Génova. Y está lleno de detalles... cosa que me encanta, pues te puedes pasar un buen rato mirando y sacando detallitos por todos los lados.
Lo primero que me llamó la atención cuando lo vi, querido Diario, son las personas arrodilladas con mucha devoción en medio de la pradera, delante del paso de la procesión. Y esta está encabezada por una gran cruz procesional acompañada por dos aldeanos llevando los cirios. Y detrás... bastante detrás para ser realistas, se ve otra cruz seguida de otros ciriales y después está el sacerdote que lleva en sus manos al Santísimo en una custodia, bajo palio.
¿Que qué es un palio? Pues es es un dosel, es decir, una especie de toldo sostenido por cuatro varas. Suele estar bordado ricamente en sus "bambalinas", es decir, en los bordes, que caen un poco por los cuadro lados, así como en su techo, que se denomina "cielo".
El palio lo utiliza la Iglesia solo en las procesiones para resguardar al Santísimo Sacramento. Hace tiempo que también lo utilizaban los dignatarios en algunas funciones religiosas, pero a día de hoy solo está reservado para Dios.
¡Ah! El templo desde donde sale la procesión de este cuadro es la iglesia de Santa Maria alla Croce.
Y si te fijas bien, querido Diario, no van por las calles del municipio, sino que parece que se dirigen hacia el campo. Esto quiere decir que pueden ser dos procesiones distintas... a elegir.
Una podría ser la procesión del Corpus Christi, tal y como las que han salido por toda España, y por medio mundo, en el día de hoy.
Pero también podría ser otra procesión. Ya no sé si se hace, pero antiguamente se hacía, sobre todo en los pueblos, la Procesión de la Bendición de los campos. Se realizaba en primavera, solía ser al amanecer, y se sacaba el Santísimo al campo, a las huertas, y se hacia la ceremonia de bendición de los campos, para pedir a Dios que tuvieran buena cosecha.
Y ahora pregunto... ¿qué procesión pintó nuestro Serafín Avendaño? Sea cual sea, a mí este cuadro me hipnotiza... me encanta.
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía del cuadro Procesión en la Abadía de Tiglieto - 1895 -, de Serafín Avendaño Martínez, que se puede contemplar en la sala 62A).
Después de pasarme un mes entero vigilando las salas 61B-63B, que son del siglo XIX, he empezado éste con lo que nosotros llamamos "correturnos", que es cada día en unas salas distintas. ¿Y a que no sabes dónde me ha tocado hoy? Ni te lo imaginas... de relevos en las salas del siglo XIX.
Pero no me importa, todo lo contrario, lo agradezco, pues cada día que pasa me "enamoro" más de la pintura de este siglo... con permiso de mi mujer, claro, jejeje.
En fin, hoy me he dado cuenta que los vigilantes no somos perfectos. Te cuento...
Estaba vigilando en el claustro... ah, te tengo que aclarar, querido Diario, que en el grupo de relevos del siglo XIX también entra el claustro, que no es ni más ni menos que el claustro del antiguo Monasterio de san Jerónimo el Real.
Del monasterio ya solo existen la iglesia, convertida en la Parroquia de san Jerónimo, y uno de los dos claustros que tenía... el renacentista.
Y este claustro fue absorbido por el Museo en la reforma realizada por el arquitecto Rafael Moneo y que se terminó en el año 2007.
Pero, bueno, que me lío... lo que te iba diciendo... hoy me he dado cuenta que los vigilantes no somos perfectos. Y es que estaba vigilando en el claustro, que por cierto es la única sala expositiva del Museo en la que se pueden hacer fotografías, junto a la entrada de Jerónimos, pero, bueno, esa no es una sala expositiva como tal, cuando se me ha acercado un hombre, que estaba solo, y me ha peguntado...
-¿Me puede hacer una fotografía?
... a la vez que me entregaba su móvil.
-Lo siento, pero no puedo.
-No se preocupe. Lo entiendo. Gracias de todas formas.
La verdad es que no sé si puedo o no hacer una fotografía a unos visitantes. No existe ninguna normativa al respecto. Como es un caso tan particular, yo creo que nadie ha caído en ese tema.
Entiendo que no pasa nada si le hago ese favor, pero tampoco sé la reacción de mis jefes si me ven haciendo una foto a un visitante. Se supone que estamos para vigilar y velar por la seguridad de las obras de arte expuestas, y por tanto hacer fotografías a los visitantes no entra dentro de nuestro cometido, ya que en ese momento de "distracción" podría pasar cualquier cosa a las obras de arte expuestas. Pero, ¿lo tenemos prohibido? A ver si me acuerdo y se lo pregunto a alguno de mis jefes y te lo cuento.
Ya ves, querido Diario, no soy perfecto... pero otro compañero mío tampoco. Prefiero dejarle en el anonimato...
Cuando he ido a relevarle para que descansara, me ha dicho...
-Un señor hispanoamericano me he preguntado dónde está el lavatorio... y le mandado a los aseos. Y luego, pensando, creo podría estar preguntando por El lavatorio de Tintoretto.
... que es el cuadro del que te hablé en el pasado 6 de diciembre.
Pues podría ser que preguntase por El lavatorio de Tintoretto y no por los aseos, pero entiendo a mi compañero, pues he oído denominarlos de muchísimas maneras... aseos, lavabos, baños, retretes, urinarios, mingitorios, toilets, en perfecto inglés, "tualetes", en perfecto espaninglis,... y , por tanto, ¿por qué no podría ser el lavatorio, el aseo?
Resumiendo, hasta los vigilantes no somos perfectos... pero casi, jejeje.
Y hoy es domingo. Pero un domingo especial... hoy la Iglesia Católica celebra la festividad del Corpus Christi.
Bueno, el Corpus Christi se celebra sesenta días después del Domingo de Resurrección, y por tanto, por cálculos matemáticos, tendría que caer en jueves. Pero en muchas regiones esta fiesta ha sido trasladada al domingo siguiente para adaptarse al calendario laboral... y la Iglesia se ha adaptado a este cambio y ya la ha pasado directamente al domingo.
¿Y a qué viene este rollo? Te preguntarás, querido Diario. Pues viene porque te quiero hablar de un cuadro... del siglo XIX, qué raro, jejeje, que pasa desapercibido pero que me cautivó desde el primer día que lo vi.
Se titula Procesión en la Abadía de Tiglieto, y lo pintó Serafín Avendaño Martínez en el año 1895. Y entra dentro del grupo de la Pintura Costumbrista y en la del Naturalismo, ambas del siglo XIX.
Serafín Avendaño consiguió en 1861 una Pensión para estudiar en el extranjero y se fue a Italia, más concretamente a Génova y más tarde recorrió la región de Liguria. Allí se especializó en el paisaje de carácter realista, luminista y con preferencia por las atmósferas húmedas. Regresó a España en 1891, donde, entre otros muchos, pintó este cuadro.
Este cuadro representa una procesión en el municipio de Tiglieto, de la provincia de Génova. Y está lleno de detalles... cosa que me encanta, pues te puedes pasar un buen rato mirando y sacando detallitos por todos los lados.
Lo primero que me llamó la atención cuando lo vi, querido Diario, son las personas arrodilladas con mucha devoción en medio de la pradera, delante del paso de la procesión. Y esta está encabezada por una gran cruz procesional acompañada por dos aldeanos llevando los cirios. Y detrás... bastante detrás para ser realistas, se ve otra cruz seguida de otros ciriales y después está el sacerdote que lleva en sus manos al Santísimo en una custodia, bajo palio.
¿Que qué es un palio? Pues es es un dosel, es decir, una especie de toldo sostenido por cuatro varas. Suele estar bordado ricamente en sus "bambalinas", es decir, en los bordes, que caen un poco por los cuadro lados, así como en su techo, que se denomina "cielo".
El palio lo utiliza la Iglesia solo en las procesiones para resguardar al Santísimo Sacramento. Hace tiempo que también lo utilizaban los dignatarios en algunas funciones religiosas, pero a día de hoy solo está reservado para Dios.
¡Ah! El templo desde donde sale la procesión de este cuadro es la iglesia de Santa Maria alla Croce.
Y si te fijas bien, querido Diario, no van por las calles del municipio, sino que parece que se dirigen hacia el campo. Esto quiere decir que pueden ser dos procesiones distintas... a elegir.
Una podría ser la procesión del Corpus Christi, tal y como las que han salido por toda España, y por medio mundo, en el día de hoy.
Pero también podría ser otra procesión. Ya no sé si se hace, pero antiguamente se hacía, sobre todo en los pueblos, la Procesión de la Bendición de los campos. Se realizaba en primavera, solía ser al amanecer, y se sacaba el Santísimo al campo, a las huertas, y se hacia la ceremonia de bendición de los campos, para pedir a Dios que tuvieran buena cosecha.
Y ahora pregunto... ¿qué procesión pintó nuestro Serafín Avendaño? Sea cual sea, a mí este cuadro me hipnotiza... me encanta.
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía del cuadro Procesión en la Abadía de Tiglieto - 1895 -, de Serafín Avendaño Martínez, que se puede contemplar en la sala 62A).
martes, 29 de mayo de 2018
Querido Diario, 29 de mayo de 2018
Querido Diario:
No sé si estoy predestinado para que me pasen todas las cosas a mí... o es que yo me las busco.
Es que hoy, a las 16:05 de la tarde, estando vigilando, han aparecido unos niños corriendo por mis salas. Al notar que eran pequeños, les he parado y preguntado...
-Hola, ¿cuántos años tenéis?
-Uhmmm... doce años.
-¿No sabéis que no podéis estar solos en el Museo?
-Es que estamos haciendo una gymkana.
-¿Y dónde están vuestros profesores?
-No lo sabemos. Nos han dicho que vayamos a las cuatro y media a la sala de Las Meninas.
-¿Y vuestros profesores no saben...?
-Sí, sí lo saben.
-No, no. Digo que si vuestros profesores no saben que los chicos menores de catorce años no pueden ir solos por el Museo.
-No lo sabemos.
Al final he llamado a mis jefes y ellos han tenido que hacer una recopilación de niños, que por cierto estaban por todo el Museo, y de profesores, que a saber dónde estaban.
Pero, bueno, para eso estamos, para que se cumplan las normas del Museo... o por lo menos que lo sepan.
Cambiando de tema, he decidido que los vigilantes tenemos que saber de todo... sobre todo de geografía, y tener delicadeza y don de gentes.
Estaba por mis salas cuando veo a un hombre de unos veinticinco a treinta años acercando su nariz demasiado cerca de un cuadro.
-¿A qué olerán los cuadros?
... siempre me lo he preguntado. Porque si no, no entiendo por qué se acercan tanto... ¿para olerlos bien?
-No se acerque tanto al cuadro.
Y era un extranjero. Yo diría que era alemán, pero no estoy seguro...
-Cuando... yo... vivo... no, vi-ví... en Barcelona... yo viví... cerca... de esta... catedral.
-No es la Sagrada Familia.
-No... en... la catedral... de Barcelona.
Hay que reconocer que primeramente, me confundí... la catedral de Barcelona no es la Sagrada Familia, sino la Santa Iglesia Catedral Basílica de la Santa Cruz y Santa Eulalia. Pero, bueno, el cuadro que estaba "oliendo" no era de la catedral de Barcelona.
-No, no es Barcelona. Es la catedral de Burgos.
-¿Ah?
Es que estaba mirando el cuadro Vista exterior de la catedral de Burgos (Antigüedades de España), que había pintado Francisco Javier Parcerisa y Boada en el año 1859.
Y en defensa del visitante he de decir que las dos catedrales se parecen un poco... no mucho, pero un poco sí.
Lo que me llamó la atención de él, y que a la vez me gustó, es que de español, lo justo y necesario, pero por lo menos se esforzó en hablarlo. Ya me imagino lo que pensarán de mí cuando yo les hablo en inglés.
Pero no acabó la historia del cuadro ahí. Media hora después, una señora también extranjera, de unos sesenta años, estaba delante del cuadro buscando algo en su bolso...
-Oh, esta me va a hacer una foto...
¡¡¡MEGGG!!! ¡ERROR!!! Pues no... seré bocazas.
Bueno, me acerqué a ella y sacó una moneda de cinco céntimos. Como yo estaba muy cerca, se giró hacia mí y sin decir nada, señaló la moneda y luego al cuadro. He de reconocer que las monedas pequeñas no me gustan, porque las pierdo con mucha facilidad y además abultan mucho en el bolsillo... bueno, cuando hay muchas, claro.
En fin, que no caí en qué había en esa moneda. Se la pedí y la miré...
-No. Esta catedral es la de Santiago de Compostela. Y la del cuadro es la de Burgos.
-Ah, Santiago. Bonita ciudad. ¿No es la misma?
-No, la catedral del cuadro es la de Burgos.
-Ah, gracias.
Y le devolví la moneda, claro, jejeje.
Y sobre el cuadro, ¿qué te puedo contar, querido Diario? Pues que el romanticismo del siglo XIX quiso revalorizar los monumentos de la geografía española. Y este es un buen ejemplo.
En los inicios de su carrera artística, el pintor Francisco Javier Parcerisa se dedicó a crear una colección litógráfica que reproducía monumentos españoles ordenados por provincias. Los llamaba Recuerdos y bellezas de España.
¿Que qué es una litografía? A ver cómo te lo explico... la litografía es una técnica de impresión que consiste en trazar un dibujo en una piedra calcárea o en una plancha metálica y sirve para conseguir duplicados de obras de arte.
Por lo que yo sé, se utiliza una piedra caliza o una plancha de metal pulimentada sobre la que se dibuja lo que se quiere imprimir, pero de forma invertida. Se dibuja con una materia grasa, ya que este material y el agua son incompatibles. Y una vez que la piedra o la plancha está humedecida, la tinta de impresión solo se queda retenida en las zonas que se han dibujado previamente.
Y volviendo al cuadro, a partir de 1850 Parcerisa se dedicó a pintar una serie de lienzos sobre el mismo tema, que llamó Antigüedades de España. Y uno de los más importantes es este cuadro de la fachada principal de la catedral de Burgos, un bello ejemplo del gótico español.
Presentó el cuadro en la Exposición Nacional de Bellas Artes en el año 1860 y fue premiado con una tercera medalla.
¿Sabes, querido Diario? Por curiosidad me metí en Google Maps y busqué la catedral de Burgos. No sé si sabes que en esa página web hay una opción que se llama Imágenes de Street View, y consiste en ponerte en un punto determinado del mapa y ver como si estuvieras allí, más o menos.
Pues me he puesto en el punto exacto desde donde está pintado el cuadro... y hay muy pocas diferencias. Bueno, excepto los siete burgaleses del siglo XIX, el asno y el cántaro.
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía del cuadro Vista exterior de la catedral de Burgos (Antigüedades de España) - 1859 -, de Francisco Javier Parcerisa y Boada, que se puede contemplar en la sala 63B).
No sé si estoy predestinado para que me pasen todas las cosas a mí... o es que yo me las busco.
Es que hoy, a las 16:05 de la tarde, estando vigilando, han aparecido unos niños corriendo por mis salas. Al notar que eran pequeños, les he parado y preguntado...
-Hola, ¿cuántos años tenéis?
-Uhmmm... doce años.
-¿No sabéis que no podéis estar solos en el Museo?
-Es que estamos haciendo una gymkana.
-¿Y dónde están vuestros profesores?
-No lo sabemos. Nos han dicho que vayamos a las cuatro y media a la sala de Las Meninas.
-¿Y vuestros profesores no saben...?
-Sí, sí lo saben.
-No, no. Digo que si vuestros profesores no saben que los chicos menores de catorce años no pueden ir solos por el Museo.
-No lo sabemos.
Al final he llamado a mis jefes y ellos han tenido que hacer una recopilación de niños, que por cierto estaban por todo el Museo, y de profesores, que a saber dónde estaban.
Pero, bueno, para eso estamos, para que se cumplan las normas del Museo... o por lo menos que lo sepan.
Cambiando de tema, he decidido que los vigilantes tenemos que saber de todo... sobre todo de geografía, y tener delicadeza y don de gentes.
Estaba por mis salas cuando veo a un hombre de unos veinticinco a treinta años acercando su nariz demasiado cerca de un cuadro.
-¿A qué olerán los cuadros?
... siempre me lo he preguntado. Porque si no, no entiendo por qué se acercan tanto... ¿para olerlos bien?
-No se acerque tanto al cuadro.
Y era un extranjero. Yo diría que era alemán, pero no estoy seguro...
-Cuando... yo... vivo... no, vi-ví... en Barcelona... yo viví... cerca... de esta... catedral.
-No es la Sagrada Familia.
-No... en... la catedral... de Barcelona.
Hay que reconocer que primeramente, me confundí... la catedral de Barcelona no es la Sagrada Familia, sino la Santa Iglesia Catedral Basílica de la Santa Cruz y Santa Eulalia. Pero, bueno, el cuadro que estaba "oliendo" no era de la catedral de Barcelona.
-No, no es Barcelona. Es la catedral de Burgos.
-¿Ah?
Es que estaba mirando el cuadro Vista exterior de la catedral de Burgos (Antigüedades de España), que había pintado Francisco Javier Parcerisa y Boada en el año 1859.
Y en defensa del visitante he de decir que las dos catedrales se parecen un poco... no mucho, pero un poco sí.
Lo que me llamó la atención de él, y que a la vez me gustó, es que de español, lo justo y necesario, pero por lo menos se esforzó en hablarlo. Ya me imagino lo que pensarán de mí cuando yo les hablo en inglés.
Pero no acabó la historia del cuadro ahí. Media hora después, una señora también extranjera, de unos sesenta años, estaba delante del cuadro buscando algo en su bolso...
-Oh, esta me va a hacer una foto...
¡¡¡MEGGG!!! ¡ERROR!!! Pues no... seré bocazas.
Bueno, me acerqué a ella y sacó una moneda de cinco céntimos. Como yo estaba muy cerca, se giró hacia mí y sin decir nada, señaló la moneda y luego al cuadro. He de reconocer que las monedas pequeñas no me gustan, porque las pierdo con mucha facilidad y además abultan mucho en el bolsillo... bueno, cuando hay muchas, claro.
En fin, que no caí en qué había en esa moneda. Se la pedí y la miré...
-No. Esta catedral es la de Santiago de Compostela. Y la del cuadro es la de Burgos.
-Ah, Santiago. Bonita ciudad. ¿No es la misma?
-No, la catedral del cuadro es la de Burgos.
-Ah, gracias.
Y le devolví la moneda, claro, jejeje.
Y sobre el cuadro, ¿qué te puedo contar, querido Diario? Pues que el romanticismo del siglo XIX quiso revalorizar los monumentos de la geografía española. Y este es un buen ejemplo.
En los inicios de su carrera artística, el pintor Francisco Javier Parcerisa se dedicó a crear una colección litógráfica que reproducía monumentos españoles ordenados por provincias. Los llamaba Recuerdos y bellezas de España.
¿Que qué es una litografía? A ver cómo te lo explico... la litografía es una técnica de impresión que consiste en trazar un dibujo en una piedra calcárea o en una plancha metálica y sirve para conseguir duplicados de obras de arte.
Por lo que yo sé, se utiliza una piedra caliza o una plancha de metal pulimentada sobre la que se dibuja lo que se quiere imprimir, pero de forma invertida. Se dibuja con una materia grasa, ya que este material y el agua son incompatibles. Y una vez que la piedra o la plancha está humedecida, la tinta de impresión solo se queda retenida en las zonas que se han dibujado previamente.
Y volviendo al cuadro, a partir de 1850 Parcerisa se dedicó a pintar una serie de lienzos sobre el mismo tema, que llamó Antigüedades de España. Y uno de los más importantes es este cuadro de la fachada principal de la catedral de Burgos, un bello ejemplo del gótico español.
Presentó el cuadro en la Exposición Nacional de Bellas Artes en el año 1860 y fue premiado con una tercera medalla.
¿Sabes, querido Diario? Por curiosidad me metí en Google Maps y busqué la catedral de Burgos. No sé si sabes que en esa página web hay una opción que se llama Imágenes de Street View, y consiste en ponerte en un punto determinado del mapa y ver como si estuvieras allí, más o menos.
Pues me he puesto en el punto exacto desde donde está pintado el cuadro... y hay muy pocas diferencias. Bueno, excepto los siete burgaleses del siglo XIX, el asno y el cántaro.
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía del cuadro Vista exterior de la catedral de Burgos (Antigüedades de España) - 1859 -, de Francisco Javier Parcerisa y Boada, que se puede contemplar en la sala 63B).
jueves, 24 de mayo de 2018
Querido Diario, 24 de mayo de 2018
Querido Diario:
Hace unos días, si bien recuerdo fue el 15 de mayo, te contaba que "mi misión principal es que al final del día las obras de arte que me han encomendado vigilar queden igual que cuando me las dieron, sin arañazos, golpes, chicles pegados, mocos,...", y una "cotilla" que te lee a hurtadillas, dicho con todo el cariño y respeto del mundo, me escribió preocupada porque no se creía que hubiese gente que pegase chicles o mocos en las obras de arte.
Lo de los mocos es ocasional y, lógicamente, no lo hacen aposta. Suele pasar cuando la gente estornuda delante de un cuadro y... bueno, ya me entiendes, querido Diario, que no quiero explayarme sobre el tema, que aunque me guste hablar de lo escatológico, ahora no es cuestión, jejeje.
Pero lo del chicle es cierto... y lo he vivido hace unas dos semanas.
Al volver de mi descanso la compañera que me relevaba me dijo...
-Ya he avisado a los Jefes de vigilantes, han venido y han tomando nota, pero, mira...
Y me señaló el chicle que habían dejado... mejor dicho, habían pegado en la escultura de Isabel II, velada, que esculpió Camillo Torreggiani en 1855, de la que te hablé el 16 de febrero.
Me quedé de piedra... como Isabel II. Me sentí mal, y al recordarlo me sigo sintiendo igual, porque seguramente ocurrió mientras yo vigilaba y no lo detecté. Y lo peor de todo es que por lo menos una visitante se dio cuenta, ya que fue la que informó a mi compañera.
Y ves, querido Diario... ya veis, queridos cotillas, estas cosas, aunque parezcan mentira, suceden.
Pero, bueno, aparte de lo del chicle, hoy ha sido un día curioso. Y es que creía que había visto toda clase de personas en el Museo, pero se ha añadido una más...
He visto sacerdotes con clériman; sacerdotes con sotana; religiosos franciscanos con sus hábitos, carmelitas, jesuitas; obispos; musulmanas con hiyab, que es el pañuelo en la cabeza; con chador que es una pieza de tela que cubre todo el cuerpo menos la cara; incluso con niqab, que cubre todo el cuerpo, dejando libre solo los ojos; Hare Krishnas; un samurai;...
Y hoy he visto... un monje budista. Era mayor, aunque no podría calcular su edad. Llevaba la cabeza afeitada y vestía con un pantalón pesquero, muy estrecho por los tobillos pero que se va haciendo ancho, y en el cuerpo una camisola que le llegaba más abajo de las rodillas, todo de color mostaza. Y llevaba un bolso, también color mostaza.
La verdad es que me ha parecido un personaje curioso.
En fin, hablando de religión y de esculturas, te voy a contar una anécdota que no me pasó a mí sino a mi compañero Jesús. Te pongo en antecedentes...
En una de las salas que me está tocando vigilar este mes hay una escultura que se titula Cristo yacente, y la esculpió Agapito Vallmitjana Barbany en el año 1872.
Pues estaba mi compañero vigilando la sala cuando vio que una señora mayor, de unos sesenta y cinco años, se acercó a los pies de Cristo y le empezó a dar besos...
-Señora, no se puede tocar la escultura.
-Ay, por Dios, que soy muy devota de Cristo y no me he podido resistir.
... mientras se persignaba una y otra vez.
-Ya, pero esto es un museo, no una iglesia.
-Sí, perdone, pero no me he podido resistir.
Pero lo peor de todo, querido Diario, no fue el beso sino... que había dejado marcas de carmín en la escultura. ¡¡¡AGHHH!!! Al final tuvo que llamar a nuestros jefes para que lo solucionaran.
En fin, yo he visto persignarse y hacer genuflexiones ante cuadros de Cristo y de la Virgen María, en el Museo, pero eso te lo contaré en otro momento.
Es más, he visto a una persona persignarse ante La fragua de Vulcano, de Velázquez, pero esa historia me la callaré para mí, jejeje.
Y hablando sobre esta escultura, Agapito Vallmitjana tenía una especial dedicación a la escultura religiosa. En esta obra plasmó la visión romántica de Cristo hombre... abandonado, rendido y trágico. Y dejó claro en esta escultura la serenidad clásica del tema y, sobre todo, su sensibilidad.
Aunque esta obra la esculpió en 1872, en 1869 realizó varios bocetos en terracota. Estos bocetos tienen si interés porque, según los entendido, descubren cómo trabajaba Vallmitjana, a la vez que se comprueba que el escultor decidió retirar casi totalmente los paños del sudario, ya que en los primeros bocetos cubrían casi todo el cuerpo del Cristo, haciendo un importante estudio de las telas. Y al quitar las telas, se concentró en el estudio del cuerpo humano.
¿Sabes? Lo curioso de esta escultura es el modelo con que contó Agapito... fue ni más ni menos que su buen amigo el pintor Eduardo Rosales, quien ya había posado para otras pinturas de similar tema para otros amigos. Debe ser que a Rosales le gustaba estar mucho tiempo tumbado, sin moverse... o quedarse dormido, que sería otra opción.
La escultura fue presentada en la Exposición Nacional de Bellas Artes en 1876. Se consideró como "la obra más elevada de mérito artístico del Salón de Escultura", pero no ganó. Le concedieron el segundo premio.
¿Que por qué quedó el segundo siendo "la obra más elevada"? Pues tiene su por qué... el jurado consideró que "conseguir del público una primera impresión favorable es tal vez la principal condición de una buena obra de arte, pero carece del tipo verdadero de Jesús, según las tradiciones que hoy se tienen, pues su rostro, cabellera y formas del cuerpo deberían ser más graves y distinguidas".
Y tiene su lógica... Rosales, según los escritos de la época, era "un hombre guapo de porte refinado y, debido a su enfermedad, estaba muy delgado, con el rostro demacrado y una expresión melancólica y abstraída". Y Vallmitjana plasmó esa delgadez en la escultura de su Cristo yacente.
A simple vista no se aprecia, pero desde que leí esto me he pasado minutos, sin visitantes que vigilar, claro, analizando la escultura.
Primeramente hay que verla desde arriba... lo arriba que te dejen las catenarias, claro. Si miras la cabeza, es demasiado estrecha con respecto al cuello, que lo tiene muy ancho. Y los hombros acompañan a la cabeza, pero no al cuello. En general es un cuerpo muy estrecho, demasiado delgado, si se compara con la altura total del Cristo.
Es más, si lo miras desde la cabeza, se aprecian muy bien los huesos de la pelvis... muy marcados... extremadamente marcados... en fin, que el Cristo de Agapito Vallmitjana estaba "en los huesos"... como su modelo.
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía de la escultura Cristo yacente - 1872 -, de Agapito Vallmitjana Barbany, que se puede contemplar en la sala 61B).
Hace unos días, si bien recuerdo fue el 15 de mayo, te contaba que "mi misión principal es que al final del día las obras de arte que me han encomendado vigilar queden igual que cuando me las dieron, sin arañazos, golpes, chicles pegados, mocos,...", y una "cotilla" que te lee a hurtadillas, dicho con todo el cariño y respeto del mundo, me escribió preocupada porque no se creía que hubiese gente que pegase chicles o mocos en las obras de arte.
Lo de los mocos es ocasional y, lógicamente, no lo hacen aposta. Suele pasar cuando la gente estornuda delante de un cuadro y... bueno, ya me entiendes, querido Diario, que no quiero explayarme sobre el tema, que aunque me guste hablar de lo escatológico, ahora no es cuestión, jejeje.
Pero lo del chicle es cierto... y lo he vivido hace unas dos semanas.
Al volver de mi descanso la compañera que me relevaba me dijo...
-Ya he avisado a los Jefes de vigilantes, han venido y han tomando nota, pero, mira...
Y me señaló el chicle que habían dejado... mejor dicho, habían pegado en la escultura de Isabel II, velada, que esculpió Camillo Torreggiani en 1855, de la que te hablé el 16 de febrero.
Me quedé de piedra... como Isabel II. Me sentí mal, y al recordarlo me sigo sintiendo igual, porque seguramente ocurrió mientras yo vigilaba y no lo detecté. Y lo peor de todo es que por lo menos una visitante se dio cuenta, ya que fue la que informó a mi compañera.
Y ves, querido Diario... ya veis, queridos cotillas, estas cosas, aunque parezcan mentira, suceden.
Pero, bueno, aparte de lo del chicle, hoy ha sido un día curioso. Y es que creía que había visto toda clase de personas en el Museo, pero se ha añadido una más...
He visto sacerdotes con clériman; sacerdotes con sotana; religiosos franciscanos con sus hábitos, carmelitas, jesuitas; obispos; musulmanas con hiyab, que es el pañuelo en la cabeza; con chador que es una pieza de tela que cubre todo el cuerpo menos la cara; incluso con niqab, que cubre todo el cuerpo, dejando libre solo los ojos; Hare Krishnas; un samurai;...
Y hoy he visto... un monje budista. Era mayor, aunque no podría calcular su edad. Llevaba la cabeza afeitada y vestía con un pantalón pesquero, muy estrecho por los tobillos pero que se va haciendo ancho, y en el cuerpo una camisola que le llegaba más abajo de las rodillas, todo de color mostaza. Y llevaba un bolso, también color mostaza.
La verdad es que me ha parecido un personaje curioso.
En fin, hablando de religión y de esculturas, te voy a contar una anécdota que no me pasó a mí sino a mi compañero Jesús. Te pongo en antecedentes...
En una de las salas que me está tocando vigilar este mes hay una escultura que se titula Cristo yacente, y la esculpió Agapito Vallmitjana Barbany en el año 1872.
Pues estaba mi compañero vigilando la sala cuando vio que una señora mayor, de unos sesenta y cinco años, se acercó a los pies de Cristo y le empezó a dar besos...
-Señora, no se puede tocar la escultura.
-Ay, por Dios, que soy muy devota de Cristo y no me he podido resistir.
... mientras se persignaba una y otra vez.
-Ya, pero esto es un museo, no una iglesia.
-Sí, perdone, pero no me he podido resistir.
Pero lo peor de todo, querido Diario, no fue el beso sino... que había dejado marcas de carmín en la escultura. ¡¡¡AGHHH!!! Al final tuvo que llamar a nuestros jefes para que lo solucionaran.
En fin, yo he visto persignarse y hacer genuflexiones ante cuadros de Cristo y de la Virgen María, en el Museo, pero eso te lo contaré en otro momento.
Es más, he visto a una persona persignarse ante La fragua de Vulcano, de Velázquez, pero esa historia me la callaré para mí, jejeje.
Y hablando sobre esta escultura, Agapito Vallmitjana tenía una especial dedicación a la escultura religiosa. En esta obra plasmó la visión romántica de Cristo hombre... abandonado, rendido y trágico. Y dejó claro en esta escultura la serenidad clásica del tema y, sobre todo, su sensibilidad.
Aunque esta obra la esculpió en 1872, en 1869 realizó varios bocetos en terracota. Estos bocetos tienen si interés porque, según los entendido, descubren cómo trabajaba Vallmitjana, a la vez que se comprueba que el escultor decidió retirar casi totalmente los paños del sudario, ya que en los primeros bocetos cubrían casi todo el cuerpo del Cristo, haciendo un importante estudio de las telas. Y al quitar las telas, se concentró en el estudio del cuerpo humano.
¿Sabes? Lo curioso de esta escultura es el modelo con que contó Agapito... fue ni más ni menos que su buen amigo el pintor Eduardo Rosales, quien ya había posado para otras pinturas de similar tema para otros amigos. Debe ser que a Rosales le gustaba estar mucho tiempo tumbado, sin moverse... o quedarse dormido, que sería otra opción.
La escultura fue presentada en la Exposición Nacional de Bellas Artes en 1876. Se consideró como "la obra más elevada de mérito artístico del Salón de Escultura", pero no ganó. Le concedieron el segundo premio.
¿Que por qué quedó el segundo siendo "la obra más elevada"? Pues tiene su por qué... el jurado consideró que "conseguir del público una primera impresión favorable es tal vez la principal condición de una buena obra de arte, pero carece del tipo verdadero de Jesús, según las tradiciones que hoy se tienen, pues su rostro, cabellera y formas del cuerpo deberían ser más graves y distinguidas".
Y tiene su lógica... Rosales, según los escritos de la época, era "un hombre guapo de porte refinado y, debido a su enfermedad, estaba muy delgado, con el rostro demacrado y una expresión melancólica y abstraída". Y Vallmitjana plasmó esa delgadez en la escultura de su Cristo yacente.
A simple vista no se aprecia, pero desde que leí esto me he pasado minutos, sin visitantes que vigilar, claro, analizando la escultura.
Primeramente hay que verla desde arriba... lo arriba que te dejen las catenarias, claro. Si miras la cabeza, es demasiado estrecha con respecto al cuello, que lo tiene muy ancho. Y los hombros acompañan a la cabeza, pero no al cuello. En general es un cuerpo muy estrecho, demasiado delgado, si se compara con la altura total del Cristo.
Es más, si lo miras desde la cabeza, se aprecian muy bien los huesos de la pelvis... muy marcados... extremadamente marcados... en fin, que el Cristo de Agapito Vallmitjana estaba "en los huesos"... como su modelo.
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía de la escultura Cristo yacente - 1872 -, de Agapito Vallmitjana Barbany, que se puede contemplar en la sala 61B).
miércoles, 16 de mayo de 2018
Querido Diario, 16 de mayo de 2018
Querido Diario:
Hoy no he trabajado pero ha sido un día muy importante para mí... y para ti, querido Diario. ¿Que por qué? Pues porque en el programa Esto de suena de Radio Nacional de España me han hecho una entrevista... por ti.
Se enteraron de tu existencia y han querido saber más sobre los vigilantes de sala del Museo del Prado, y, claro, hemos hablado de ti. Si me quieres oír, bueno, tú y todos los "cotillas" que te leen a hurtadillas, lo pueden hacer haciendo clic en las palabras... "Esto me suena".
La verdad es que me lo he pasado genial. Al principio estaba nervioso... no, muy nervioso... no, súper nervioso... no, mega nervioso... y más. Eso sí, los presentadores José Antonio García Muñoz, al que llaman Ciudadano García, y David Sierra me lo han hecho muy fácil. Con las bromas a micrófono cerrado me han relajado... lo justo y necesario para que no me diera un infarto. El problema... mejor dicho, mi problema es que no me gusta escucharme... entre otras cosas porque tartamudeo sin darme cuenta. Quiero buscar la palabra más correcta y se me traba la lengua mientras pienso. ¡¡¡Que mal me sueno!!! Pero, bueno, lo he hecho lo mejor posible y con mucha ilusión. Espero haber estado a la altura.
Y, claro, como no he ido a trabajar no puedo contarte ninguna "batallita" del Museo. Bueno... sí.
He estado buscando un cuadro que hablase de una entrevista y que estuviese expuesto en el Museo, y he encontrado uno que justamente está en una de mis salas que me toca vigilar este mes. Y encima es una "batallita".
Se titula La rendición de Bailén (de la tradición y de la historia), y lo pintó José Casado de Alisal en el año 1864.
Este cuadro representa uno de los momentos cruciales de la Guerra de la Independencia contra Francia, que duró desde 1808 al 1814. Para ser más exactos, representa la capitulación del ejercito francés ante las tropas españolas tras la derrota sufrida por los franceses en las cercanías de Bailén, en la provincia de Jaen. Si bien recuerdo fue el 19 de julio de 1808.
La escena inmortaliza la "entrevista", de ahí el hablar de este cuadro, que tuvieron pocos días después Francisco Javier Castaños, que era el Capitán General de Andalucía y Jefe de las tropas españolas, y Pierre-Antoine Dupont de l`Étang, que era el Comandante en jefe del Cuerpo de Observación de la Gironda y uno de los estrategas de Napoleón. En esa reunión se fijaron las condiciones de la rendición.
Si te fijas ahora en el cuadro, querido Diario, en el lado de la izquierda está el ejercito ganador, el español, que está compuesto por militares regulares y guerrilleros del pueblo. Y en la parte de la derecha, el francés.
En el centro, vestido de rojo y blanco, está el general Castaños, el español, que está saludando respetuoso y con gesto afable, quitándose el bicornio, mientras hace una cortés reverencia. Por otra parte, el Comandante Dupont, el francés, que está vestido de negro y blanco, con una actitud orgullosa y seria, responde abriendo los brazos en señal de rendición, declarándose prisionero tras entregar su espada.
¿Sabes, querido Diario? A pesar de la veracidad histórica que Casado quiso infundir en esta narración de la escena, la verdadera rendición de Bailén no tuvo lugar en el mismo campo de batalla, sino que fue firmada en una casa de postas de Andújar tres días después, el 22 de julio de 1808.
Me imagino que te preguntarás entonces por qué Casado de Alisal lo pintó de esta manera. La respuesta es muy sencilla... ¿no te suena a otro cuadro, que también está en la Museo? Pues sí, querido Diario, este nuestro pintor Casado quiso rendir un homenaje a Velázquez y a su cuadro La rendición de Breda. Si te fijas bien, los grupos de los dos ejércitos están distribuidos de forma muy semejante, aunque los ejércitos están invertidos. En este cuadro los vencedores están en el lado izquierdo y en el de Velázquez están en el derecho.
Y los mástiles de los banderines y enseñas de ambos bandos ayudan aún más a recordar el cuadro velazqueño. ¿No te parece?
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía de los cuadros La rendición de Bailén - 1864 -, de José Casado de Alisal, que se puede contemplar en la sala 61B; y La rendición de Breda - hacia 1635 -, de Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, que se puede contemplar en la sala 9A).
Hoy no he trabajado pero ha sido un día muy importante para mí... y para ti, querido Diario. ¿Que por qué? Pues porque en el programa Esto de suena de Radio Nacional de España me han hecho una entrevista... por ti.
Se enteraron de tu existencia y han querido saber más sobre los vigilantes de sala del Museo del Prado, y, claro, hemos hablado de ti. Si me quieres oír, bueno, tú y todos los "cotillas" que te leen a hurtadillas, lo pueden hacer haciendo clic en las palabras... "Esto me suena".
La verdad es que me lo he pasado genial. Al principio estaba nervioso... no, muy nervioso... no, súper nervioso... no, mega nervioso... y más. Eso sí, los presentadores José Antonio García Muñoz, al que llaman Ciudadano García, y David Sierra me lo han hecho muy fácil. Con las bromas a micrófono cerrado me han relajado... lo justo y necesario para que no me diera un infarto. El problema... mejor dicho, mi problema es que no me gusta escucharme... entre otras cosas porque tartamudeo sin darme cuenta. Quiero buscar la palabra más correcta y se me traba la lengua mientras pienso. ¡¡¡Que mal me sueno!!! Pero, bueno, lo he hecho lo mejor posible y con mucha ilusión. Espero haber estado a la altura.
Y, claro, como no he ido a trabajar no puedo contarte ninguna "batallita" del Museo. Bueno... sí.
He estado buscando un cuadro que hablase de una entrevista y que estuviese expuesto en el Museo, y he encontrado uno que justamente está en una de mis salas que me toca vigilar este mes. Y encima es una "batallita".
Se titula La rendición de Bailén (de la tradición y de la historia), y lo pintó José Casado de Alisal en el año 1864.
Este cuadro representa uno de los momentos cruciales de la Guerra de la Independencia contra Francia, que duró desde 1808 al 1814. Para ser más exactos, representa la capitulación del ejercito francés ante las tropas españolas tras la derrota sufrida por los franceses en las cercanías de Bailén, en la provincia de Jaen. Si bien recuerdo fue el 19 de julio de 1808.
La escena inmortaliza la "entrevista", de ahí el hablar de este cuadro, que tuvieron pocos días después Francisco Javier Castaños, que era el Capitán General de Andalucía y Jefe de las tropas españolas, y Pierre-Antoine Dupont de l`Étang, que era el Comandante en jefe del Cuerpo de Observación de la Gironda y uno de los estrategas de Napoleón. En esa reunión se fijaron las condiciones de la rendición.
Si te fijas ahora en el cuadro, querido Diario, en el lado de la izquierda está el ejercito ganador, el español, que está compuesto por militares regulares y guerrilleros del pueblo. Y en la parte de la derecha, el francés.
En el centro, vestido de rojo y blanco, está el general Castaños, el español, que está saludando respetuoso y con gesto afable, quitándose el bicornio, mientras hace una cortés reverencia. Por otra parte, el Comandante Dupont, el francés, que está vestido de negro y blanco, con una actitud orgullosa y seria, responde abriendo los brazos en señal de rendición, declarándose prisionero tras entregar su espada.
¿Sabes, querido Diario? A pesar de la veracidad histórica que Casado quiso infundir en esta narración de la escena, la verdadera rendición de Bailén no tuvo lugar en el mismo campo de batalla, sino que fue firmada en una casa de postas de Andújar tres días después, el 22 de julio de 1808.
Me imagino que te preguntarás entonces por qué Casado de Alisal lo pintó de esta manera. La respuesta es muy sencilla... ¿no te suena a otro cuadro, que también está en la Museo? Pues sí, querido Diario, este nuestro pintor Casado quiso rendir un homenaje a Velázquez y a su cuadro La rendición de Breda. Si te fijas bien, los grupos de los dos ejércitos están distribuidos de forma muy semejante, aunque los ejércitos están invertidos. En este cuadro los vencedores están en el lado izquierdo y en el de Velázquez están en el derecho.
Y los mástiles de los banderines y enseñas de ambos bandos ayudan aún más a recordar el cuadro velazqueño. ¿No te parece?
Ahí lo dejo, querido Diario.
(Fotografía de los cuadros La rendición de Bailén - 1864 -, de José Casado de Alisal, que se puede contemplar en la sala 61B; y La rendición de Breda - hacia 1635 -, de Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, que se puede contemplar en la sala 9A).
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