viernes, 22 de junio de 2018

Querido Diario, 22 de junio de 2018

Querido Diario:

¿Sabes? Los vigilantes de salas tenemos un "Decálogo de buenas prácticas en la atención y trato con el público". Es un listado de diez recomendaciones que, la verdad, algunas son fáciles de cumplir, como el de mantener una actitud positiva y cuidar la apariencia; o el de saludar y despedirse con un “Buenos días”, “Buenas tardes”, “Adiós” o “Muchas gracias”; o el de mostrar disponibilidad por atender y ayudar al visitante;...

Pero no todas son fáciles de realizar... hay dos de estas diez prácticas que a veces nos cuesta. Bueno, no sé si a mis compañeros les cuesta, pero a mí, muchas veces, sí, aunque intento cumplirlas. Una de estas dos recomendaciones "difíciles" es la quinta, que dice...

"Ser amable con todos y cada uno de los visitantes del Museo del Prado y en cualquier circunstancia, incluso cuando el visitante no lo sea".

Y la otra es la novena...

"Mantener la calma en situaciones difíciles, nunca discutir con el visitante, actuando con serenidad".

Cuesta cumplirlas. Es lógico que intentemos ser amables con todos los visitantes y que debemos mantener la calma y actuar con serenidad, pero muchas veces ellos mismos no lo ponen muy muy muy difícil.

Y muchas veces nos cuesta cumplir estas dos normas porque no siempre nos tratan con el respeto que nos merecemos. Un día unas mujeres de unos sesenta años, estando ellas sentadas en un banco de una de las salas, me llamaron a gritos...

-Eh, jefe...

¿Yo, jefe? ¿De quién? Pero, claro, hay que responder con una sonrisa de oreja a oreja... aunque cueste.

Y otra vez a mi compañero Álvaro, que para entenderlo hay que decir que tiene treinta años y mide 1,96 metros de altura... un tiparraco de hombre que nos mira desde su altiplano, allá por las alturas... pues una vez un señor le llamó, también a gritos...

-Ey, chico...

¿Cómo que "ey, chico"? ¿Qué te crees que soy: el chaval de los recados? Álvaro quiere pensar que se lo dijo porque se creyó que era más joven de lo que es... pero él mismo reconoce que aparenta su edad. Aun así, no creo que sea lógico que nos llamen jefe, chico, amigo, oye tú,...

Recuerdo que una vez, estando yo en la sala 16B, que es donde está el único cuadro de Rembrandt que tiene el Museo, que por cierto te hablé de él el 14 de marzo, se me acercó un matrimonio que tenían pinta de ser rusos, o por lo menos del Este de Europa, y vi que el hombre, que me sacaba dos cabezas de altura, tenía el móvil encendido en la opción de cámara enganchado en un palo selfie.

Ah, querido Diario. Te tengo que decir que los palos selfie están prohibidos en el Museo. Tienen que estar recogidos y guardados en el bolso, bolsa, bolsillo,... pero nunca llevarlos en la mano. Simplemente por seguridad, por si a alguien le da por clavarlo en un cuadro.

Pues, como te iba contando, se me acercó el hombre, que como te he dicho me sacaba dos cabezas, con cara de pocos amigos me preguntó...

-¿Rembrandt?

Yo, con la mejor de mis sonrisas, le dije...

-Primeramente, tiene que guardar el palo selfie. No están permitidos en el Museo, ni el palo selfie ni hacer fotografías.

Y él insistiendo...

-No. ¿Rembrandt?

Y yo, señalando la cámara enganchada en el palo...

-Creo que no me ha entendido. No están permitidos ni el palo selfie ni hacer fotografías. Tiene que guardar las dos cosas.

Y mientras yo le señalaba la cámara, él intentó darme un manotazo a mi mano. Menos mal que tuve reflejos y la aparté corriendo, que si no, me da... y entonces tendríamos un problema mayor...

Entonce él me gritó...

-¡¡¡NO!!! ¿¿¿REMBRANDT???

En ese momento usé, por primera vez y única, mi arma secreta... cogí el walkie, se lo enseñé y le dije...

-¿Quiere que llame a Seguridad?

Fue mano de santo. Fue oir la palabra "Seguridad" y, en ese momento, rápidamente, la mujer le cogió el palo selfie, desmontó el móvil y guardó las dos cosas en su bolso...

-Bien. Ahora le informo... el cuadro de Rembrandt está ahí. Solo tenemos uno.

Y se lo señalé. Es más, les acompañé y me puse delante de él para que no hubiera confusión.

Después me quedé temblando, con un mal cuerpo que ni te lo imaginas, querido Diario. Era la primera vez que me ponía nervioso delante de unos visitantes.

Pero la experiencia te da fuerzas. Y es cierto. Te cuento...

Hace un par de meses, cuando me tocó vigilar durante todo el mes las salas 61B-63B, que son del siglo XIX, Rosales, Casado de Alisal, Federico de Madrazo, entre otros, estando por allí se me acercó un señor de unos cuarenta y cinco años, que por cierto llevaba un plano del Museo en la mano, y me preguntó...

-¿El cuadro del niño herido?

-Ehhh... buenas tardes... perdone, en estos momentos no sé a qué cuadro se refiere.

-Sí, hombre, el cuadro del niño herido, que me han dicho que está por aquí...

-Lo siento. No caigo en estos momentos...

-Venga. No pasa nada.

Se dio media vuelta y se marchó.

Luego, al cabo de unos veinte o treinta minutos llegó a mis salas otra vez el hombre, se puso delante de mí y me empezó a dar golpecitos en el hombro izquierdo con el plano que llevaba en la mano, a la vez que me decía con golpes rítmicos de voz y de plano...

-El cuadro / del niño / herido / es / de Sorolla / dicen / que el pescado / es caro.

Ocho golpes de plano que me dio. Ya solo le faltó decirme...

-Que / no / te enteras, / chaval.

... y entonces me hubiera dado cuatro golpes más.

Yo, con la tranquilidad del mundo, cuando terminó de flagelarme con el plano, me miré el hombro izquierdo y luego, mirándole a los ojos fijamente, serio, muy serio, me "limpié" el hombro como si tuviese una pelusa, y después de unos segundos de tensión, le dije sin soltarle la mirada...

-Me alegro que lo haya encontrado.

No sé si se dio cuenta de su error, pero bajó la mirada al suelo y se marcho sin decir nada más.

Pero, claro, en esos momentos te entran ganas de ponerte como un basilisco y escupir por tu boca todas las barbaridades que te sabes, y más, a la vez. Por eso es bueno recordar de vez en cuando la novena recomendación del "Decálogo de buenas prácticas en la atención y trato con el público"...

"Mantener la calma en situaciones difíciles, nunca discutir con el visitante, actuando con serenidad".

En fin, cambiando de tercio, ¿de qué cuadro piensas que te voy a hablar hoy? Pues sí, has acertado, querido Diario. Pero, bueno, al final el flagelador rítmico no se aprendió bien el título del cuadro. Verdaderamente se llama ¡Aún dicen que el pescado es caro! y lo pintó Joaquín Sorolla y Bastida en el año 1894.

Yo creo que es el cuadro más famoso de los pintados por Sorolla... en su juventud, ya que tenía solo veintiún añitos cuando lo pintó... un chaval, jejeje.

Y nos muestra el interior de una bodega de un barco de pesca. En el centro hay un marinero joven, apenas un muchacho... un niño, según mi flagelador... tendido en el suelo después de sufrir un accidente durante la faena. En el torso desnudo le cuelga una medalla. Está atendido cuidadosamente por dos compañeros más adultos... mi flagelador hubiese dicho que más viejos...

Uno de ellos, calvo, le sujeta por los hombros a la vez que está mirando cómo el otro compañero, que por cierto está cubierto por una barretina, le aplica una compresa en la herida que acaba de mojar en el perol de agua que, si te fijas bien, querido Diario, se ve perfectamente en primer plano.

Me llama la atención, a la vez que "me quito el sombrero", metafóricamente hablando, como los dos adultos están concentrados, con el semblante serio, atendido a su compañero de labor. Qué bien supo plasmar Sorolla la psicología de los personajes. Por eso dicen que este cuadro representa una de las escenas más emocionantes de la pintura española del realismo social de fin de siglo XIX.

Fíjate bien, querido Diario... veras que, alrededor de los tres marineros, pueden verse diversos aperos de trabajo y, al fondo a la izquierda, detrás de la viga de madera, hay un montón de pescados, los que fueron apresados durante la accidentada jornada.

Y lo que más me llama la atención de este cuadro es la iluminación. Aunque hay un farol enganchado en el pilar de madera, está apagado. La luz les llega de una supuesta ventana que está fuera del cuadro, en el lado izquierdo, iluminando desde allí la oscura estancia.

¿Y sabes, querido Diario? Este cuadro lo presentó Sorolla en la Exposición Nacional de Pintura en el año 1895 y ganó la primera medalla del certamen. Y no fue la primera "primera medalla" que había ganado en su vida. Tres años antes, en 1892, ya la ganó con la obra ¡¡Otra Margarita!!

Ahí lo dejo, querido Diario.

(Fotografía del cuadro ¡Aún dicen que el pescado es caro! - 1894 -, de Joaquín Sorolla y Bastida, que se puede contemplar en la sala 62A).

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